Tuesday, June 25, 2024
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Remendando el lapidario del País

Por: Gabriel Altieri Acevedo

Un maestro le preguntó a su alumno qué carrera quería perseguir en el futuro. Considerando que él era una de las notas más altas, contestó que soñaba convertirse en abogado. El maestro le argumentó que el sueño de ser abogado no era realista ni sensato para una persona negra. Este suceso incitó que el niño abandonara el camino de la educación y, por el contrario, optara por el del oscurantismo y la delincuencia que eventualmente lo llevaría a la cárcel.

La misión del Departamento de Educación según su plan estratégico incluye que se “…desarrollen las actitudes, destrezas y conocimientos de todos los estudiantes…”. Esta suena bastante lógica ya que la única opción de progreso en un país donde el oro fue robado y no existen pozos de petróleo, es apostar al recurso humano. El rol de la educación debería ser como el de un lapidario de diamantes, descubrir el potencial de cada individuo, amoldarse a él y tallarlo de manera tal que se transforme en un activo para la sociedad. Este objetivo contrasta con la realidad escolar de un sistema estandarizado el cual busca que el estudiante se acondicione a él sin medir las consecuencias sociales resultantes.

En la vida real, muy poco importa lo bueno que seas contestando exámenes, rebatiendo preguntas o la habilidad para memorizar a corto plazo. Sin embargo, al que carece de estas destrezas se le empina la cuesta del éxito. El niño que no relumbra en ciencias o matemáticas puede sobresalir mediante el arte, cultivando la escritura, el deporte, la pintura, la música o la oratoria, entre otros. No obstante, el sistema educativo actual no toma este asunto en consideración, sino que prefiere categorizarlo como ‘eventos aislados’. Ha optado por dejarlo a su suerte, creando que muchos niños y jóvenes no vean la educación pública como una alternativa real de movilización social. Tomando en cuenta que el 84% de los estudiantes tienen “desventajas económicas’’, según el perfil del Departamento de Educación para el año 2020-2021, nos convertimos en una sociedad que destina a los pobres al fracaso.

La educación pública también carece de enseñanza práctica y se obvian sucesos importantes que contribuyen a moldear el carácter del individuo y del país. En la escuela poco me hablaron de alguna revolución; desde la haitiana, hasta la francesa. No me instruyeron acerca de lo ocurrido en Jayuya, las masacres de Río Piedras y de Ponce, ni de los disparos al Congreso de los Estados Unidos. Tampoco me enseñaron de Albizu, ni de los hermanos Canales, ni de Antonia Martínez o Adolfina Villanueva, ni siquiera de Hostos, aunque irónicamente mi escuela superior lleva su nombre. No se discutió la desigualdad, la pobreza, o el racismo y sus implicaciones. En la escuela se adoctrina a memorizar y no a razonar, a obedecer y no debatir.

¿No fue acaso con el uso de la imaginación que Thomas Alva Edison se dio con la bombilla? ¿No fue con esta virtud que Picasso dio a luz “Guernica”, o que surgió “Cien años de soledad” de García Márquez? ¿No es con la creatividad que surgieron los cientos de éxitos de Tite Curet o que Einstein llegó a la Ley de la relatividad? Entonces, ¿en qué parte del currículo escolar existe la clase que estimule e invite a los estudiantes a pensar en lo desconocido? ¿En dónde se aprende a resolver lo que parece imposible? ¿Cuándo nos permitirán soñar con un mejor país?

Aquel alumno, antes mencionado, logró transformar su vida a través de la educación. Se enamoró tanto de la lectura que cada segundo en la celda lo invirtió aprendiendo un tema nuevo. Fue ahí donde aprendió sobre la injusticia, el racismo y la desigualdad que sufría su pueblo. Lo llevó a cuestionarse la forma en que la sociedad trataba a los suyos. Empezó a imaginar formas de movilizarse para cambiar al país que lo discriminaba y combatir la ignorancia que afligía al hombre negro en Estados Unidos. Fue la lectura, la que despertó en él, el deseo de estar mentalmente vivo y lo llevó a concluir que: “la historia demuestra que el peligro de un esclavo educado es que empieza a cuestionar, y luego exige, igualdad ante su amo.” (Malcom X)

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