Por José A. Bonilla Morales
Th.D, MBA, B.Sc.
Pensador Cívico
Se ha convertido en un lugar común afirmar que la derecha se ha radicalizado. Sin embargo, esa narrativa invierte la realidad. La derecha no es la que emprendió una marcha constante hacia posiciones cada vez más extremas. Quien ha protagonizado ese desplazamiento ha sido la izquierda, que durante décadas ha ido abandonando progresivamente el terreno del sentido común para instalarse en postulados cada vez más alejados de los valores que dieron estabilidad y prosperidad a Occidente.
La consecuencia de ese desplazamiento es predecible. Cuando alguien se mueve varios metros hacia la izquierda y luego mira hacia atrás, inevitablemente verá a quien permaneció inmóvil cada vez más lejos. Pero la distancia no demuestra que el otro se haya movido; únicamente demuestra cuánto se ha desplazado el observador. Ese es precisamente el error —o la estrategia— de buena parte del discurso político contemporáneo.
La derecha continúa defendiendo, en esencia, los mismos principios que ha sostenido durante generaciones: la familia como núcleo fundamental de la sociedad, la dignidad de la vida humana, la libertad religiosa, la responsabilidad individual, la economía de mercado, el respeto por la autoridad legítima y el Estado de derecho. Esos principios no surgieron ayer ni constituyen una reacción desesperada frente a la modernidad. Son los mismos valores que sirvieron de fundamento para la construcción de las democracias liberales y las economías más prósperas del mundo.
Lo verdaderamente novedoso es que hoy esos principios son presentados como si fueran posiciones extremistas. La etiqueta de «extrema derecha» ha dejado de describir conductas auténticamente radicales para convertirse en un instrumento destinado a desacreditar cualquier resistencia al avance del progresismo. Quien no acepta las nuevas ortodoxias ideológicas es rápidamente expulsado del supuesto consenso democrático y colocado, sin mayor análisis, en la categoría de extremista.
Esa narrativa no responde a una evaluación objetiva del espectro político. Es el resultado de un cambio deliberado del marco de referencia. La izquierda se desplazó, redefinió el centro político y ahora pretende convencer al resto del mundo de que quienes permanecieron fieles a sus convicciones fueron los que cambiaron.
La realidad es mucho más simple: la derecha sigue donde siempre estuvo. Lo que cambió fue el lugar desde el cual la izquierda decidió observarla.



