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a Agosto: uniformes, materiales y la cantaleta de las novelas

Por Camila T. Rivera González
Estudiante de pregrado de Terapia del Habla y Lenguaje


Llegó la lista de materiales escolares y ahí estaba mi némesis: las novelas. ¡Qué mucho hay que cantaletear para que las lean! En casa, cada vez que se acerca un examen de comprobación de lectura, la rutina es la misma: sacar las preguntas guías, repasar nombres de personajes, recordar dónde ocurrió tal cosa o qué objeto apareció en tal capítulo. Mi objetivo siempre ha sido ayudar a mis hijos. Sin embargo, no fue hasta hace poco que comprendí el impacto que tiene distinguir entre comprobar una lectura y comprenderla. La comprobación busca confirmar que el estudiante leyó la obra. La comprensión intenta descubrir qué entendió al leerla. Una evalúa la memoria; la otra desarrolla interpretación, análisis, argumentación y construye criterio. Esa diferencia importa más de lo que creemos.
Mientras escribía esta columna no pude evitar acordarme de mi maestro de Español, José Luis Pardo Cruz. En aquellos años, mientras yo escuchaba a Wisin y Yandel por un oído y la clase por el otro, su nivel de exigencia me parecía ridículamente exagerado. Hoy reflexiono sobre ello. Primero se aseguraba de que hubiéramos leído la obra con un examen de comprobación donde preguntaba hasta el más mínimo detalle. Luego comenzaba la verdadera clase. Llegaban esas preguntas que no tenían una sola respuesta correcta. «¿Crees que el personaje hizo lo moralmente correcto o lo necesario?», «¿Qué habrías hecho tú en su lugar?», «¿Por qué el autor terminó la historia de esa manera?», «¿Qué representa ese símbolo para ti?». Entonces escuchábamos las interpretaciones de nuestros pares, defendíamos nuestras ideas, descubríamos perspectivas que no habíamos considerado y, de vez en cuando, hasta cambiábamos de opinión. Aquella retroalimentación fue tan importante, aunque me tomara unas cuantas canas reconocerlo, porque la literatura no se trataba de memorizar respuestas, sino de aprender a pensar.


Para muchos puertorriqueños, La Charca fue una de nuestras cantaletas y no me digan que no. Si hoy me pidieran recordar el nombre de algún personaje, no puedo hacerlo ni aunque mi vida dependa de ello. Sin embargo, sí recuerdo que aquella charca nunca fue solamente un cuerpo de agua. Manuel Zeno Gandía la convirtió en el símbolo de una sociedad marcada por la pobreza, la desigualdad y el estancamiento social. Ese es precisamente el superpoder de la comprensión. Analizar una obra, discutirla y relacionarla con nuestra realidad hace que deje de ser una simple historia para ayudarnos a comprender el mundo. Hoy esa experiencia cobra todavía más importancia. Hasta nuestro querido «Chat» (la inteligencia artificial) puede resumir una novela o contestar las preguntas guías en cuestión de segundos. Lo que no puede reemplazar es la discusión que ocurre dentro del salón de clases cuando un estudiante justifica una opinión, escucha una perspectiva distinta o descubre, gracias a las ideas de sus pares, un significado que no había visto.


El acceso a la información ya no es el mayor reto de la educación. El verdadero desafío es desarrollar el criterio para interpretarla. Y sí, pronto volverá el inevitable: «¡Mami! ¿Pero por qué tengo que leerla?». Honestamente, espero estar mejor preparada, vestida de paciencia y con algo de sabiduría. Intentaré que la respuesta no sea «porque te toca» ni «porque hay examen». Enfatizaré que la literatura asignada no busca que recordemos cada detalle de una historia. Busca que comprendamos la otredad, esa capacidad de mirar el mundo desde la realidad de otros y, sobre todo, que seamos capaces de formar nuestro propio criterio.


Así que pasemos lista: materiales, listos; uniformes, listos; novelas, listas. ¿La cantaleta? Esa todavía está por verse. Pero, pensándolo bien, si una de esas cantaletas da paso a una buena conversación o a un buen análisis, valdrá la pena.


Después de todo, hay novelas que solo pasan por nuestros ojos. Las que se leen, se discuten y se comprenden, esas se quedan en la cabeza y nos acompaña para toda la vida.

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