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Cuando la niñez deja de estar a salvo

Por Manuel a. Rodriguez Ramirez
Psicólogo y analista político


Desde mi opinión, hay noticias que estremecen por lo que cuentan, pero también por lo que revelan de nosotros como sociedad. Las historias de abuso infantil no deberían convertirse jamás en parte del ruido cotidiano ni en titulares que se consumen con indignación momentánea para luego ser reemplazados por la próxima tragedia. Cada caso de una niña o un niño maltratado, abandonado, abusado o asesinado es una señal de alarma que nos obliga a detenernos y mirar de frente una realidad incómoda: estamos fallando en la tarea más elemental de cualquier comunidad civilizada, que es proteger a su infancia.


Lo más doloroso es que, con demasiada frecuencia, el peligro no llega desde afuera. En muchos casos, nace en el propio hogar, en el espacio que debería representar seguridad, afecto y protección. Cuando un padre, una madre o un cuidador se convierte en agresor, la violencia adquiere una dimensión aún más devastadora, porque rompe el primer pacto de confianza que sostiene la vida de un menor. Esa traición no solo hiere a la víctima directa; también desnuda las grietas de una sociedad que no siempre escucha a tiempo, que no siempre interviene a tiempo y que demasiadas veces mira hacia otro lado.


Los casos recientes que han salido a la luz provocan rabia, tristeza y una pregunta inevitable: ¿en qué momento normalizamos lo inaceptable? Una adolescente de 13 años no piensa ni decide como una persona adulta, por más que algunos quieran justificar lo injustificable con palabras que minimizan su vulnerabilidad. Una menor abusada por su propio padre no es solo víctima de un delito atroz; es víctima de una cadena de silencios, omisiones y fallas de protección. Una bebé asesinada por quien tenía el deber de cuidarla representa el extremo más cruel de esa degradación moral que nos golpea como país.


No basta con horrorizarnos. La indignación, si no se convierte en acción, termina siendo apenas un gesto pasajero. Hace falta fortalecer los mecanismos de prevención, escuchar con seriedad las señales de alerta, educar sobre la protección de la niñez y exigir respuestas firmes cuando el sistema falla. Pero también hace falta algo más profundo: recuperar la sensibilidad colectiva. Porque una sociedad que se acostumbra al sufrimiento de sus niños empieza a perder, poco a poco, su humanidad.

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