Por José A. Bonilla Morales
Th.D, MBA, B.Sc. Pensador Cívico
A propósito del reciente nombramiento de Norma Burgos, me parece inevitable mirar más allá del nombramiento y preguntarnos algo que quizás debimos preguntarnos con mayor detenimiento en 2024: ¿qué clase de talento queremos poner al servicio del gobierno de Puerto Rico?
En aquel momento, Puerto Rico tuvo ante sí una alternativa política distinta. Proyecto Dignidad representaba la posibilidad de elegir un equipo completamente nuevo, fresco y sin los amarres históricos de la política tradicional. No se trataba solamente de cambiar nombres; existía la posibilidad de cambiar la manera de reclutar el talento para gobernar y, más importante aún, de comenzar a construir una nueva filosofía de gobierno: una donde las posiciones de responsabilidad pública no fueran patrimonio de las estructuras partidistas ni recompensa por lealtades políticas, sino espacios para colocar a las personas más capaces, preparadas, íntegras y comprometidas con unos principios claros.
Pensemos por un momento en lo que eso habría significado.
Un gobierno que no tuviera que mirar necesariamente hacia los mismos círculos políticos para identificar quién podía dirigir una agencia. Un gobierno que pudiera salir a buscar talento en nuestras universidades, empresas, profesiones, organizaciones comunitarias y sociedad civil. Personas que quizás nunca habían ocupado un cargo político, pero que habían demostrado capacidad para administrar, producir resultados y ejercer sus responsabilidades con carácter, integridad y ética.
Y, sobre todo, personas cuyos principios fundamentales fueran compatibles con una visión provida, profamilia y defensora de las libertades.
Talento de ese tipo no escasea en Puerto Rico. Lo que muchas veces escasea es la disposición de la política tradicional para buscarlo fuera de sus propios círculos.
Por eso, cuando observamos hoy cómo algunos partidos continúan recurriendo a figuras conocidas de su pasado, vale la pena preguntarnos si estamos ante experiencia o ante falta de relevo. Un partido que aspira a representar el futuro debería tener profundidad en el banco. Cuando necesita desempolvar y reciclar personajes desfasados y cuestionables para enfrentar los desafíos del presente, el resultado puede terminar pareciéndose menos a renovación y más a una mezcla peligrosa de anacronismo y nostalgia.
Pero tampoco creo que debamos quedarnos atrapados en 2024. Agua pasada no mueve molino. Las elecciones pasan, las decisiones están tomadas y el país tiene que seguir adelante. Recordar aquella oportunidad no debe servir para alimentar resentimientos, sino para extraer una lección.
Y quizás esa sea precisamente la parte esperanzadora de mirar hacia 2028.
Todavía tenemos la oportunidad de preguntarnos qué clase de gobierno queremos construir y qué clase de personas queremos poner al frente de nuestras instituciones. Podemos seguir recurriendo a los nombres de siempre o podemos atrevernos a buscar más allá de las estructuras partidistas tradicionales. Podemos continuar pensando que para gobernar hay que haber vivido toda una vida en la política, o reconocer que Puerto Rico está lleno de personas capaces, preparadas y con principios que nunca han tenido una oportunidad.
2024 nos dejó una lección. 2028 puede darnos una nueva oportunidad.
No se trata de vivir mirando hacia atrás. Se trata de aprender del pasado para tener el valor de hacer algo diferente cuando vuelva a llegar el momento de escoger.



