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Hamlet en La Fortaleza: cuando gobernar se convierte en una obra de teatro

Por Elizabeth Rosa Vélez
Exsenadora del Distrito de Arecibo


Si Shakespeare viviera hoy, quizás no tendría que buscar inspiración en Dinamarca. Bastaría con mirar hacia La Fortaleza, aquí en nuestra isla. Esto debido a que Puerto Rico parece que se encuentra atrapado en una versión moderna de Hamlet: demasiadas dudas, demasiadas explicaciones, demasiadas apariencias y, sobre todo, demasiado poco sentido de urgencia.


La pregunta ya no es “ser o no ser”. La pregunta es: ¿gobernar o aparentar que se gobierna?


Mientras el gobierno anuncia emergencias, ofrece explicaciones y promete soluciones, los problemas siguen acumulándose. La crisis del agua no apareció ayer. Tampoco la fragilidad de nuestra infraestructura, los problemas energéticos ni nuestra vulnerabilidad ante el cambio climático. Lo verdaderamente preocupante no es que existan crisis, es que muchas de ellas fueron advertidas y aun así seguimos reaccionando tarde, seguimos sin planes concretos y seguimos sin acciones proactivas.


Eso no es gobernanza. Eso es improvisación y cuando la improvisación se convierte en método, el pueblo termina pagando el precio. Un precio altísimo que afecta su diario vivir y con ello su bienestar.


En Hamlet, los personajes se pierden entre intrigas, máscaras y apariencias. En nuestra política, corremos el riesgo de hacer exactamente lo mismo: convertir cada crisis en un escenario, cada conferencia en un acto y cada anuncio en parte del libreto. Pero hay algo que los políticos olvidan con demasiada frecuencia: el pueblo no vive sólo de expresiones escritas.


El ciudadano necesita agua. Necesita luz. Necesita servicios públicos que funcionen. Necesita un gobierno que planifique antes de que llegue la emergencia, no uno que descubra el problema cuando ya está frente a las cámaras. Esta es precisamente, la parte incómoda: no actuar también es gobernar. Solo que es gobernar mal.


Cada día de inacción tiene consecuencias. Cada ley que no se implementa es una oportunidad perdida. Cada advertencia ignorada termina convirtiéndose en una crisis más costosa. Puerto Rico no necesita más actores políticos. Puerto Rico necesita gobernantes. No necesita más escenografía. Necesita resultados. Porque cuando las cámaras se apagan, los discursos terminan y baja el telón, queda una sola realidad: el pueblo tendrá que vivir con las consecuencias de las decisiones, y de las indecisiones, de quienes están en el poder.


La Fortaleza no puede convertirse en un teatro y Puerto Rico no puede seguir siendo el público obligado a pagar la entrada. Por ello es necesario que termine la función y que, de una vez y por todas, comience el gobierno.

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