Por José A. Bonilla Morales Th.D, MBA, B.Sc. Pensador Cívico
Siempre me he considerado un buscador de la verdad. No porque crea haberla encontrado en su totalidad, sino precisamente porque estoy convencido de que es mucho más grande de lo que cualquier individuo puede abarcar. De hecho, una de mis convicciones más profundas es que no existen muchas verdades compitiendo entre sí, sino una sola verdad objetiva de la cual apenas alcanzamos a percibir fragmentos.
La imagen que mejor representa esta idea es la de un enorme rompecabezas. Cada generación, cada disciplina del conocimiento y cada experiencia humana aporta algunas piezas adicionales. Sin embargo, ninguno de nosotros posee la imágen completa. A lo largo de nuestra vida vamos descubriendo nuevas piezas, corrigiendo interpretaciones anteriores y tratando de comprender cómo encajan entre sí. Aun así, sospecho que una sola vida no basta para contemplar el cuadro completo.
Reconocer esta limitación no me conduce al relativismo, sino a la humildad intelectual. El hecho de que no podamos acceder plenamente a la verdad no significa que la verdad no exista. Significa únicamente que nuestro acceso a ella es parcial. Estamos limitados por nuestro conocimiento, nuestras experiencias, nuestro lenguaje e incluso por nuestras capacidades cognitivas. Vemos a través de una ventana estrecha una realidad mucho más amplia que nosotros mismos.
Por esa razón, tampoco creo que los seres humanos construyamos la verdad. Más bien, considero que todos nuestros esfuerzos intelectuales están dirigidos a descubrirla. El lenguaje, la cultura, la filosofía, la ciencia y los distintos marcos conceptuales son herramientas desarrolladas por el ser humano para describir aspectos de una realidad que ya existe. No crean la verdad; intentan acercarse a ella.
La gravedad no comenzó a existir cuando fue descrita por la ciencia. Las montañas no aparecieron cuando les asignamos un nombre. Del mismo modo, aquello que es verdadero permanece siendo verdadero independientemente de que lo comprendamos o no. Nuestro conocimiento no produce la realidad; procura interpretarla de la manera más fiel posible.
Esta visión también transforma la manera en que entiendo el diálogo y el desacuerdo. Cuando dos personas inteligentes sostienen posiciones distintas, no necesariamente significa que existan dos verdades. Puede significar que ambas están observando diferentes partes del mismo rompecabezas. Algunas veces una de ellas está equivocada. Otras veces ambas poseen piezas valiosas, pero ninguna tiene todavía la imágen completa.
Por eso sigo creyendo que la búsqueda de la verdad es una de las tareas más nobles del ser humano. No porque podamos reclamar su posesión definitiva, sino porque la verdad existe independientemente de nosotros y es precisamente ella la que nos orienta. Aunque nuestro mapa nunca será idéntico al territorio, cada pieza correctamente colocada nos acerca un poco más a comprender quiénes somos, dónde estamos y hacia dónde debemos dirigirnos.



