Luis Y. Rios-Silva
Cada vez que recorro la carretera entre San Sebastián e Isabela, atravesando el Bosque Estatal de Guajataca, me hago la misma pregunta: ¿cómo permanece uno de los recursos naturales más extraordinarios de Puerto Rico invisible dentro de nuestra estrategia de desarrollo económico?
Mientras el este de la isla proyecta a El Yunque como símbolo de biodiversidad, el noroeste posee otro patrimonio natural igualmente valioso que sigue subutilizado. Guajataca forma parte del sistema cársico del norte, uno de los ecosistemas más importantes del Caribe, con cuevas que albergan especies como la boa de Puerto Rico (Chilabothrus inornatus), endémica y protegida, y colonias del murciélago frutero (Brachyphylla cavernarum), clave para la polinización y el control de insectos en el karso.
No quiero presentar esto como otro proyecto de ecoturismo; ese término ya se ha repetido demasiado sin transformar nada. Lo que veo en Guajataca es la oportunidad de construir una bioeconomía: un modelo que genera actividad económica a partir del conocimiento, la biodiversidad y los recursos naturales, conservándolos en lugar de agotarlos. El ecoturismo busca atraer visitantes; la bioeconomía busca convertir esa biodiversidad —la boa, los murciélagos, el bosque mismo— en el activo productivo de la región.
Lo paradójico es que este recurso está a menos de treinta minutos del Aeropuerto Rafael Hernández de Aguadilla, una ventaja que pocos destinos similares poseen en el Caribe. Sin embargo, quien lo visita encuentra carreteras deterioradas y poca señalización; las reseñas en línea repiten el mismo patrón: elogios a su belleza, quejas sobre el estado de los caminos. El problema no es de interés, sino de inversión.
Imagino un corredor que conecte Aguadilla, Isabela, Quebradillas, San Sebastián, Camuy y Lares, integrando los componentes de una misma bioeconomía: turismo de naturaleza, científico y educativo, con universidades y escuelas usando el bosque como aula viva; investigación sobre la boa de Puerto Rico, las colonias de murciélagos y la hidrología del carso; y economía local de cafés, artesanos y hospederías.
Ese modelo beneficiaría mucho más que al bosque: un grupo que almuerce, compre café y contrate un guía certificado puede dejar varios cientos de dólares en una tarde; multiplicado por miles de visitantes al año, la cifra deja de ser simbólica. El resultado sería una economía distribuida entre varios municipios, sin sacrificar el patrimonio natural que constituye el activo principal.
No propongo urbanizar el bosque ni construir grandes hoteles. Todo lo contrario: su mayor valor radica en conservar su esencia, porque la bioeconomía depende de que el recurso —y las especies que lo habitan— permanezcan intactos para seguir siendo productivos. Durante décadas hemos asociado el crecimiento económico con parques industriales; quizás la verdadera industria del siglo XXI para la Cordillera Central no sea la manufactura tradicional, sino la bioeconomía basada en conocimiento, conservación y experiencias de alto valor añadido.
Puerto Rico no necesita convertir el Bosque Estatal de Guajataca en otro centro urbano. Necesita convertirlo en un referente internacional de conservación, investigación y bioeconomía. Quizás esa oportunidad lleva décadas esperándonos, escondida entre los árboles de un bosque que miles de personas atraviesan cada año sin imaginar todo lo que podría representar para el noroeste de Puerto Rico.



