Por Pedro José Tocuyo
Periodista, escritor y estratega en comunicación
Durante muchos años, el control remoto del aire acondicionado servía para una sola cosa: decidir a qué hora encender el equipo. En mi casa esa decisión solía llegar poco antes de dormir. Bastaban unas horas de aire fresco para descansar y, al amanecer, el aparato volvía a apagarse. El resto del día transcurría con las ventanas abiertas y el abanico de techo soplando aire caliente.
La rutina cambió tan lentamente que tardé años en darme cuenta. Primero comenzamos a encender el aire acondicionado un poco antes. Después una hora antes. Más tarde ya estaba funcionando cuando regresábamos al final de la tarde. Sin que mediara una decisión consciente, el calor había empezado a reorganizar nuestros hábitos.
Durante el mantenimiento del equipo, un técnico me hizo una recomendación inesperada. Si el sistema era de tecnología inverter, me dijo, no valía la pena apagarlo todos los días. Era preferible mantener una temperatura constante y dejar que la máquina trabajara a su ritmo. «Don, imagínese llegar del trabajo y que la casa esté fresca», me dijo. «Pensar en eso dan ganas de llegar a la casa.»
No fueron sus explicaciones sobre el ahorro de energía las que terminaron convenciéndome, sino esa frase: la posibilidad de regresar cada tarde a una casa que conservara una temperatura agradable, incluso cuando afuera la sensación térmica superaba los cien grados. Con esos 75 grados, la casa dejó de ser únicamente el lugar donde terminaba el día y se volvió un espacio donde apetecía leer un rato más, conversar después de cenar o simplemente permanecer sin que el calor marcara cada minuto.
Con el tiempo, el control remoto dejó de servir principalmente para decidir cuándo encender el aire acondicionado. Ahora casi nunca lo buscábamos para eso, sino para ajustar la temperatura. Durante mucho tiempo, 75 grados parecían suficientes.
Después bajó a 74. En los días más sofocantes, 72. A veces, incluso menos. El aparato seguía siendo el mismo. Lo que cambió fue la idea de lo que significaba sentirse cómodo dentro de casa.
Poco a poco hemos comenzado a organizar nuestra vida alrededor de la temperatura. Cerramos puertas y ventanas todo el día, algo impensable hace apenas una década, para que el fresco no se escape. Las reuniones familiares suelen celebrarse en la casa donde el aire acondicionado funciona mejor, y ese día el sistema se enciende mucho antes de que lleguen los invitados para que la casa los reciba ya fresca. En muchos restaurantes de las zonas turísticas ocurre algo parecido: mientras los visitantes ocupan con entusiasmo las mesas de las terrazas, muchos residentes preferimos el salón climatizado. Vivimos en el mismo lugar, pero no lo habitamos de la misma manera.
El cambio climático también se escribe en pequeños gestos cotidianos que repetimos sin prestarles atención: el control remoto del aire acondicionado, las ventanas cerradas en pleno día, la decisión de encender el sistema antes de recibir visitas.
El cambio más profundo es otro. Durante generaciones hablamos del calor del hogar para describir el lugar donde uno encontraba refugio, afecto y tranquilidad. Seguimos buscando exactamente lo mismo. Solo que, en un Caribe cada vez más caluroso, esa sensación de bienestar ya no proviene del calor, sino del alivio. Hoy, un hogar acogedor ya no es necesariamente el más cálido. Es el que consigue mantenerse fresco.



