Por Edgar León Ayala
Cada cuatro de julio, los cielos de Puerto Rico se iluminan con fuegos artificiales que celebran una independencia ajena. Mientras se conmemora la retórica de que «todos los hombres son creados iguales», la memoria colectiva del archipiélago sufre de una amnesia conveniente. Celebramos la libertad del norte mientras olvidamos, deliberadamente, que los cimientos económicos de nuestra propia tierra se construyeron sobre la exhibición, compraventa y explotación de seres humanos. La riqueza de Puerto Rico no brotó de la nada; fue financiada con la sangre de la esclavitud, primero bajo el látigo español y luego bajo la tutela y el capital estadounidense.
La Vitrina de la Barbarie: ¿Quién, cuándo y dónde?
Aunque el concepto de una «ventana» no figura en los textos jurídicos, la realidad del tráfico humano en la isla funcionaba como una vitrina pública de deshumanización.
¿Quiénes? El tráfico afectó a miles de personas secuestradas en África (los llamados bozales) y, de manera desgarradora, a sus hijos nacidos en la isla. Historiadores detallan cómo en el sur de la isla operaban comerciantes y hacendados (españoles y extranjeros beneficiados por la Cédula de Gracias de 1815) que compraban niños de entre 6 y 12 años como mercancía de alto valor para las plantaciones de caña.
¿Cuándo? El auge más violento y lucrativo de la economía de plantación azucarera ocurrió durante el siglo XIX, intensificándose entre 1815 y 1840, hasta que finalmente se logró la abolición formal el 22 de marzo de 1873.
¿Dónde? El epicentro de este mercado humano estuvo en los puertos y plazas de los pueblos azucareros. Ponce, Guayama, Mayagüez y San Juan eran los grandes tableros de este negocio. Las transacciones se hacían a la vista de todos; el pueblo entero presenciaba cómo se examinaba a un ser humano como si fuera ganado, uniendo el poder absoluto del comprador con la indefensión
total del esclavizado.
Oro Español, Azúcar Americano
Existe la falsa narrativa de que la esclavitud en Puerto Rico fue «más benigna» que en otros lugares o que terminó por completo con el decreto español de 1873. La realidad es que las riquezas acumuladas por la corona española y las élites criollas mediante el trabajo forzado dejaron una infraestructura lista para una nueva forma de explotación.
Cuando las tropas estadounidenses entraron en 1898, no desmantelaron las estructuras de poder económico; las corporaciones ausentistas del norte las absorbieron. El capital estadounidense industrializó el azúcar a niveles masivos, convirtiendo a los antiguos esclavos y a sus descendientes en peones de sol a sol bajo el régimen del centralismo azucarero. La riqueza cambió de manos y de idioma —de Madrid a Nueva York y Washington—, pero el sudor y la miseria se quedaron en los mismos cuerpos afropuertorriqueños y pobres.
La Hipocresía del Festejo
«La justicia, la libertad y la prosperidad celebradas por los padres fundadores de Estados Unidos le han sido históricamente privadas a nuestro pueblo».
Celebrar el 4 de julio en una colonia que aún lucha por su libre determinación es, por decir lo menos, una ironía histórica. Pero celebrarlo ignorando que la opresión y el racismo sistémico que permitieron la esclavitud siguen vivos en nuestras estructuras sociales es una complicidad.
Mientras los cohetes estallan en el cielo veraniego, las verdaderas «ventanas» que debemos abrir son las de los archivos históricos y la conciencia. La riqueza de nuestras costas, la arquitectura de nuestros pueblos antiguos y la herencia cultural que nos define se sostienen sobre los hombros de quienes nunca recibieron una disculpa, ni una indemnización, ni la libertad que hoy otros reclaman como suya. Recordar a los esclavizados no es un ejercicio de amargura; es un acto de estricta justicia histórica para no seguir celebrando la libertad con las cadenas puestas en la memoria.



