Por Dr. Christian Valentín
Cuando estábamos en la escuela y nos preguntaron a qué queríamos dedicarnos cuando fuéramos adultos, casi nadie nos explicó que la mayoría de las profesiones pueden dividirse en dos grandes categorías.
Por un lado, están las carreras dominadas por lo que Nassim Nicholas Taleb llama sistemas winner-take-all — o “el ganador se lo lleva todo” — , es decir, campos dominados por superestrellas. Por otro lado, existen profesiones carentes de efectos de superestrella.
Esto significa que el éxito y el reconocimiento no se distribuyen de manera equitativa ni proporcional entre todas las profesiones. En algunos campos, solo un pequeño número de personas alcanzará fama o reconocimiento, y ese éxito no dependerá exclusivamente del mérito individual. En cambio, otras profesiones mantienen una distribución de oportunidades mucho más equilibrada — aunque suelen ser menos glamorosas o socialmente atractivas que las dominadas por superestrellas.
De forma muy similar a Taleb, Albert-László Barabási explica en The Formula que las profesiones en las que el desempeño no puede medirse objetivamente — como las bellas artes y las humanidades (por ejemplo: escritor académico, músico, actor, novelista, cantante de ópera o cantante de reguetón) — dependen de factores que trascienden al individuo. En estos campos, el éxito suele depender más de la red de conexiones, el contexto cultural, el momento histórico y la visibilidad que del talento puro.
Por el contrario, en profesiones sin efectos de superestrella — como taxistas, plomeros, médicos, dentistas, abogados, maestros, baristas o incluso jugadores de tenis — el talento se correlaciona mejor con resultados reales, porque el desempeño puede medirse de forma más objetiva y verificable.
Si hoy empiezo a entrenar tenis y mañana logro vencer a Rafael Nadal, mi habilidad sería demostrable en números y resultados; técnicamente podría ser reconocido en el mundo del tenis. Sin embargo, si escribo una novela de terror al nivel de Stephen King, incluso si pudiéramos medir “objetivamente” su calidad literaria, eso no garantizaría que vendería tantos libros como él.
Esta diferencia es crucial.
Por esta razón, gran parte del contenido cultural que celebramos está compuesto por lo que podríamos llamar “tesoros literarios y artísticos”: el canon cultural de los “clásicos”, los “genios” y las superestrellas. Pero ese canon no es solo producto del mérito; también está moldeado por el azar histórico, la visibilidad y la supervivencia cultural.
Esto no significa que no existan genios reales. Significa algo más incómodo: entre los genios, solo algunos llegaron a ser famosos.
Si estudiamos únicamente a los reconocidos socialmente, vemos solo una parte de la historia. Hay personas con talentos equivalentes — o incluso superiores — que nunca recibieron las ventajas iniciales necesarias para ser visibles. Y precisamente por eso existen las superestrellas: porque no todos pueden ocupar esas posiciones privilegiadas.
El punto central de este ensayo es simple pero profundo:
El hecho de que una persona sea muy conocida no implica que tenga cualidades que otras personas no famosas no posean o no puedan desarrollar.
Esto nos obliga a cuestionar un mensaje muy común en la educación contemporánea:
“Estudia lo que te apasiona, porque todo es posible.”
Esta afirmación es, en el mejor de los casos, una verdad parcial. En profesiones dominadas por dinámicas de superestrella, el éxito puede parecer alcanzable si miramos solo a quienes lo lograron. Pero esa narrativa oculta a los miles — o millones — que lo intentaron y fracasaron, aun teniendo atributos similares a los exitosos.
En otras palabras, existe una injusticia cultural cuando solo valoramos a quienes tienen éxito social por el simple hecho de ser reconocidos. Hay personas con el mismo — o incluso mayor — talento trabajando hoy mismo en cafeterías como Starbucks, invisibles para el público general.
Esto no implica que no debemos apreciar a los exitosos socialmente, sino de estar consciente y críticos y más humildes como consumidores de cultura.



