domingo, julio 12, 2026
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En medio del bloqueo petrolero de Estados Unidos, los cubanos se las “inventan” para sobrevivir

Sentados en un banco del Parque Trillo, uno de los pocos espacios verdes del barrio obrero habanero de Cayo Hueso, Humberto García y su esposa, Marlene Rodríguez, conversaban y bebían cerveza a   la luz del atardecer, mientras observaban a sus nietos jugar. Pero en Cuba, una escena cotidiana y feliz como esta puede resultar engañosa.

“Tenemos hambre. Tenemos muchas necesidades”, dijo García en abril al Centro de Periodismo Investigativo al hablar sobre la vida diaria en Centro Habana, uno de los 15 municipios de la capital cubana. Para entonces, el buen ánimo con el que conversaba se le había apagado. “Es mi cumpleaños, así que un vecino nos regaló estas dos latas de cerveza”, añadió el hombre, que al día siguiente cumpliría 59 años.

García, quien se dedica a pintar casas, contó que llevaba varias semanas sin trabajo después de que muchas obras de construcción en la ciudad se detuvieran por la escasez de materiales.

“No podemos ni siquiera comprar huevos”, se quejó, y añadió que sus desayunos consistían en “agua con azúcar y un poco de pan”.

Lo que ya era una situación crítica en Cuba se ha deteriorado en el último año, luego de que la administración del presidente Donald Trump impusiera nuevas rondas de sanciones a funcionarios e instituciones clave del país, intensificando seis décadas de embargo económico. Las medidas buscaban provocar la caída del gobierno comunista de la isla, pero en cambio han profundizado la presión sobre los ciudadanos cubanos. Un bloqueo petrolero impuesto tras una orden ejecutiva emitida por Trump el 29 de enero —apenas semanas después de una operación militar de Estados Unidos en Caracas que sacó del poder al presidente venezolano, Nicolás Maduro, un aliado clave de La Habana— ha provocado una escasez de combustible sin precedentes.

La presión aumentó el 17 de mayo, cuando el gigante naviero francés CMA CGM y su rival alemán Hapag-Lloyd suspendieron sus servicios a Cuba “hasta nuevo aviso”, para cumplir con una nueva orden ejecutiva emitida por la Casa Blanca el 1 de mayo. Aerolíneas, cadenas hoteleras, compañías de tarjetas de crédito y servicios de pago hicieron lo mismo en las semanas siguientes, lo que supuso otro golpe a la maltrecha economía cubana.

Las consecuencias han sido inmediatas. El 6 de julio, Cuba sufrió otro apagón general —el tercero en seis meses y el octavo desde finales de 2024— después de que una “desconexión total” del sistema eléctrico afectara a toda la isla. El apagón dejó claro cómo la crisis ha rebasado el sector energético y trastoca el trabajo, la distribución de alimentos, el acceso a medicamentos y la vida diaria en todo el país.

La vida a oscuras

Al llegar la noche, la oscuridad cubrió poco a poco el Parque Trillo y los edificios circundantes, pero la mayoría de las ventanas seguían apagadas: esa noche, gran parte de La Habana volvió a quedarse sin electricidad. Los apagones han sido frecuentes en Cuba en los últimos años debido a una red eléctrica obsoleta y con mantenimiento deficiente, en parte como consecuencia del embargo estadounidense. Desde el inicio del bloqueo petrolero, Cuba sufrió en marzo otros dos apagones de alcance nacional y varios cortes importantes que afectaron regiones enteras.

Un edificio colapsado en Centro Habana.
Foto por Jean-Michel Hauteville | Centro de Periodismo Investigativo

“Comemos a oscuras, (alumbrados) con velas”, afirmó García. “Por eso nos quedamos en el parque, porque adentro está demasiado oscuro”.

“Y ni hablar de los mosquitos”, añadió Rodríguez. Aunque la costurera asentía de forma audible ante la mayoría de las declaraciones de su esposo, también le pidió más de una vez que bajara la voz. En un momento, la pareja reconoció la silueta de una mujer más joven que se acercaba en la penumbra: una vecina que trabaja para la Policía, dijeron. Cambiaron de tema y esperaron a que estuviera fuera del alcance de sus oídos para retomar la conversación.

Aun así, según narraron residentes de La Habana entrevistados por el CPI, durante algunas semanas de abril los apagones fueron menos frecuentes y más breves, después de que un petrolero ruso atracara en el puerto de Matanzas el 31 de marzo, en la primera entrega de combustible a la isla en más de tres meses. Las 100,000 toneladas de crudo que transportaba dieron un alivio al país. Pero no en todas partes. Fuera de la capital, vivir sin electricidad seguía siendo la norma.

“Mis familiares en Baracoa tienen dos horas de electricidad al día, como mucho”, dijo un taxista de unos 30 años que habló bajo condición de anonimato, en referencia a su pueblo natal en la provincia de Guantánamo.

El respiro duró apenas un mes. El 13 de mayo, Vicente de la O Levy, ministro de Energía y Minas, anunció en una declaración televisada que al país no le quedaba “absolutamente nada de fuel oil, absolutamente nada de diésel” y que las reservas de petróleo se habían agotado. Los únicos recursos disponibles, añadió, eran el gas asociado de pozos nacionales y el crudo producido en el país, cuya extracción, pese al aumento de la producción, no alcanzaba para sostener la red eléctrica.

Dos días después, el precio minorista de la gasolina se duplicó de la noche a la mañana hasta alcanzar $2.60 por litro en las estaciones de servicio estatales. Sin embargo, esos precios oficiales significan poco para el cubano promedio.

“¡La mayoría de las gasolineras están vacías!”, se burló el joven taxista mientras conducía su Ford verde de 1957 por la carretera entre La Habana y el poblado de Santiago de Las Vegas, en las afueras de la capital. “En estos días, la mejor opción para conseguir gasolina son los vendedores en la carretera”, dijo con amargura el treintañero.

En el mercado negro, un litro de gasolina podía costar hasta 5,000 pesos cubanos, o casi $10 al tipo de cambio informal, que los cubanos consultan en línea a diario para sus transacciones cotidianas. Pagar la gasolina a semejante precio es difícil en cualquier parte del mundo, pero mucho peor en Cuba. Según datos oficiales divulgados en abril, el salario mensual promedio de los trabajadores cubanos rondaba apenas los 6,900 pesos en 2025, unos $13. Eso equivale a poco más que el precio de dos cartones de 30 huevos, una referencia que los residentes suelen usar para poner sus salarios en perspectiva.

“Coge una bolsa de 10 libras de pollo congelado. Eso cuesta 4,900 pesos, que es prácticamente lo que yo gano al mes”, dijo un hombre de 61 años residente del barrio residencial de El Vedado, que pidió que se protegiera su identidad.

En teoría, los cubanos pueden comprar alimentos a precios subsidiados gracias a la libreta de abastecimiento que el Gobierno entrega a cada hogar. Sin embargo, en los últimos años, las bodegas estatales se han quedado sin alimentos para vender, por lo que muchos cubanos tienen que comprar comida en tiendas privadas a precios mucho más altos.

El padre de cuatro hijos, que trabaja como chófer de un alto funcionario de gobierno, sacó el teléfono del bolsillo, abrió la aplicación de la calculadora y dividió su salario mensual entre 520 para obtener el equivalente en dólares: apenas unos $10. Para finales de junio, la alta inflación había llevado la tasa de cambio informal a 680 pesos por dólar, mientras que la tasa oficial de 24 pesos por dólar permanecía sin cambios.

Un cubano sostiene su teléfono con la aplicación de la calculadora mostrando su salario mensual convertido a dólares estadounidenses.
Foto por Jean-Michel Hauteville | Centro de Periodismo Investigativo

Aun así, el hombre, acompañado de su esposa mientras pasaba un rato en el Malecón de La Habana, parecía poco intimidado por las dificultades.

“Nos las arreglamos gracias a nuestro hijo, que trabaja en Estados Unidos; nos manda dinero todos los meses”, dijo el chófer. Su hijo, de 37 años, que salió de Cuba hace años con una beca como estudiante de ingeniería y se quedó a vivir en Estados Unidos después de graduarse, ayudó a sus padres a comprar por $800 una batería de almacenamiento de energía que se carga cuando la red eléctrica está operativa. “Así podemos encender las luces, el abanico y la nevera durante los apagones”, añadió.

Como ese matrimonio, la mayoría de los residentes de La Habana logra, de alguna manera, sobrevivir día a día. En muchos casos, las remesas de familiares en el extranjero son su tabla de salvación. Muchos evitan dar detalles sobre su lucha cotidiana por subsistir. En cambio, lo resumen en una palabra: “inventando”, es decir, ideando soluciones creativas ante una situación desesperada. La expresión encapsula el ingenio que hace falta para comer al menos una vez al día.

“Vendemos cosas que tenemos para poder comprar lo que necesitamos”, dijo, encogiéndose de hombros, una actriz de 25 años que conversaba con su abuela, su tía y sus dos hijas pequeñas en un parque infantil de la calle Calzada, en El Vedado.

“No podemos guardar nada en la nevera por los apagones, así que tenemos que comprar la comida día a día”, se quejó su abuela de 80 años. “Nosotros sí logramos tener suficiente para comer, pero hay mucha gente viviendo en la pobreza. Parte el alma”, añadió la señora, quien dijo que las remesas de su hijo, que vive en Florida, la ayudan a sobrevivir, “pero no es agradable tener que vivir así”.

La pobreza, en efecto, se ha vuelto omnipresente en La Habana. Ver a personas hurgando en la basura en busca de algo para comer o de algún objeto de valor ya es común en la capital. “Ahora hay crimen, robos, violencia. Antes no teníamos cosas así”, dijo García, el abuelo que el CPI entrevistó en el Parque Trillo. Ante la ausencia de datos oficiales, un informe del Observatorio Cubano de Auditoría Ciudadana, basado en el monitoreo de redes sociales, ha documentado un aumento notable de la criminalidad desde 2025.

Ayudar como se pueda

Para las numerosas iglesias católicas y protestantes, así como para las organizaciones benéficas que durante años han brindado apoyo a las personas necesitadas, esa tarea se ha vuelto más difícil en medio de una crisis cada vez más profunda.

“Siempre ha habido personas viviendo en la calle. Pero cada vez son más”, afirmó Innaris Suárez Cárdenas, directora de la Comunidad de Sant’Egidio en La Habana, establecida en 1992 como filial cubana de una organización internacional de inspiración religiosa fundada en Roma en 1968. “El Gobierno cubano ha negado esta realidad durante mucho tiempo, pero ya no puede hacerlo”, señaló la voluntaria.

Todos los lunes y viernes, al final de la tarde, un equipo de Sant’Egidio recorre calles cercanas para repartir comida a personas sin hogar.

“¡Buenas tardes! ¿Quiere una merienda?”, preguntó Claudia Alonso Betancourt, una y otra vez, a las personas que encontraba por la calle Compostela y el Parque San Juan de Dios, una tarde de lunes en abril. Aquel día, el equipo estaba integrado por tres personas, pero en menos de una hora repartieron decenas de sándwiches —panecillos redondos con mayonesa preparados en la cocina de la Comunidad— y vasos de bebida de yogur de fresa. “Eso fue todo lo que pudimos conseguir hoy”, dijo Alonso Betancourt, con un tono entre resignado y optimista. “Nos arreglamos con lo que aparezca”.

Dos veces por semana, al mediodía, la organización benéfica abre las puertas de su sede en el municipio de La Habana Vieja a residentes mayores para ofrecerles un almuerzo gratuito cocinado y servido por voluntarios. Ese comedor social comenzó a operar hace aproximadamente un año y medio.

“Vienen, sobre todo, personas mayores de este barrio. Porque, claro, moverse varias veces a la semana se ha vuelto más difícil”, dijo Alonso Betancourt. “Comen bien —una comida lo más balanceada posible con los recursos que tenemos, por supuesto— y vienen a comer 120, a veces 150 personas mayores”, añadió la treintañera, al señalar que la Comunidad quiere “asegurarse de que conserven un sentido de dignidad”.

Claudia Alonso Betancourt en el comedor social para personas mayores de la Comunidad de Sant’Egidio en La Habana Vieja.
Foto por Jean-Michel Hauteville | Centro de Periodismo Investigativo

Sostener una obra benéfica como esta se ha vuelto más difícil a medida que Cuba sigue su espiral descendente. “El problema del combustible ha afectado la asistencia de muchos voluntarios. Antes venía más gente; ahora viene menos”, lamentó Suárez Cárdenas.

La Comunidad de Sant’Egidio solía coordinar transporte para quienes lo necesitaran, pero eso ya no es posible, dijo la líder del grupo. Y como la organización opera en varios barrios de La Habana, “todo lo que hacemos requiere movilidad: ir a recoger alimentos, ir a buscar las cosas que nos donan las personas y, a veces, transportar personas”, añadió.

En Cuba hay un “profundo agotamiento social” y una “sensación de desesperanza” como resultado de las penurias, resumió María José Espinosa Carrillo, investigadora no residente del Center for International Policy y directora ejecutiva del Center for Engagement and Advocacy in the Americas (CEDA), con sede en Washington.

Sin embargo, añadió la experta nacida en Cuba, “la crisis que vemos hoy en Cuba es producto de la interacción entre decisiones de política interna y restricciones externas. El Gobierno tiene una responsabilidad significativa en la situación actual”.

En concreto, la crisis energética no es solo resultado del bloqueo petrolero, sino también de “años de falta de inversión, de infraestructura envejecida y de una modernización postergada que realmente dejó al sistema actual vulnerable”, explicó la directora de CEDA.

“Durante la última década, el Gobierno asignó recursos sustanciales a la construcción de hoteles de lujo, mientras invertía poco en la generación de energía, la transmisión y el mantenimiento de la red”, dijo Ricardo Torres Pérez, investigador y profesor adjunto del Center for Latin American and Latino Studies de American University, en Washington, D.C.

La escasez de fondos y piezas de repuesto causada por el embargo “es real, pero también es resultado de decisiones de política tomadas durante mucho tiempo. Además, las sanciones estadounidenses aumentan los costos financieros de las transacciones comerciales porque los bancos tienen que tomar en cuenta el riesgo asociado a Cuba”, añadió Torres Pérez.

“Así que, cuando se produce un impacto externo, como el segundo mandato de Trump, al sistema le queda muy poca resiliencia”, concluyó Espinosa Carrillo.

En respuesta a la situación, las autoridades cubanas aprobaron el pasado 18 de junio un paquete de 176 medidas económicas que constituyen un esfuerzo de emergencia para flexibilizar partes de la economía sin abandonar formalmente el socialismo. Las reformas ampliarían el papel del sector privado, flexibilizarían el acceso a divisas, autorizarían operaciones de banca privada bajo supervisión estatal, permitirían que cubanos residentes en el exterior inviertan directamente en la isla y revisarían los subsidios universales con el objetivo de reemplazarlos gradualmente por ayudas focalizadas para personas vulnerables.

Una crisis de salud pública

La falta de combustible ha obstaculizado gravemente el recogido de basura durante meses, aunque los vertederos improvisados comenzaron a aparecer por toda la ciudad mucho antes de que empezara el bloqueo petrolero. En Centro Habana, justo frente al elegante edificio rojo donde Centro Loyola Reina —otra organización católica centrada en actividades sociales y educativas— tiene su sede, una montaña de basura bloqueó durante varios días de abril toda la acera de la calle División. “Eso atrae a las plagas: mosquitos y moscas. Las moscas llegan hasta el tercer piso, porque todo el árbol está infestado de ellas”, dijo  visiblemente frustrada Glorianna Rodríguez Chávez. La joven psicóloga dirige Proyecto Otoño, un grupo que organiza talleres para personas mayores en el Centro Loyola Reina.

Basura esparcida en la calle División, en Centro Habana, frente al edificio de Centro Loyola Reina.
Foto de Jean-Michel Hauteville | Centro de Periodismo Investigativo

A comienzos de este año, medios cubanos anunciaron que las autoridades habían identificado 122 “sitios temporales de recogida de residuos sólidos” en los 15 municipios de La Habana, incluidos 24 lugares designados para la “incineración controlada”. La situación era más crítica en los distritos centrales de la capital cubana, que tienen “alta densidad de población y grandes cantidades de residuos sólidos”, según señaló en febrero el vicegobernador de La Habana, Reynol García Moreira.

Sin embargo, meses después, la crisis de la basura aún parecía lejos de estar bajo control. Las condiciones insalubres fueron señaladas como causa de la propagación de enfermedades transmitidas por mosquitos, como el chikungunya, el dengue y la enfermedad por el virus de Oropouche. Los brotes alcanzaron su pico durante la temporada de lluvias de finales del año pasado.

“Casi todos nuestros compañeros estuvieron enfermos, encamados, con dolores e hinchazón. Casi todos los adultos mayores también se enfermaron”, recordó Rodríguez Chávez.

Para finales de diciembre, las autoridades sanitarias habían registrado oficialmente casi 48,000 casos de dengue o chikungunya y 55 muertes. Más de la mitad de las víctimas mortales eran menores de edad. El clima más fresco y seco de comienzos de 2026 mantuvo a raya a los mosquitos y, con ello, las epidemias finalmente quedaron contenidas. Pero, con el inicio de otra temporada de lluvias, al personal de Proyecto Otoño se le pidió “tomar precauciones como usar pantalones y camisas de manga larga” para evitar las picaduras de mosquitos, señaló la coordinadora del grupo.

La crisis sanitaria de Cuba podría agravarse aún más, sin embargo, porque el país tiene “una población con una dieta severamente inadecuada”, advirtió Yenia Pupo, directora del programa educativo del Centro Cristiano de Reflexión y Diálogo, en Cárdenas, un pueblo del norte de Cuba. La psicóloga explicó que ha visto poblados “donde los niños pasan todo el día sin desayuno ni merienda, sobreviviendo con un poco de arroz, alguna sopa, un caldo y un boniato (batata)”. Con una nutrición tan deficiente, “incluso una enfermedad menor —un catarro— puede convertirse en algo grave”, advirtió Pupo.

Para empeorar las cosas, el país atraviesa una escasez aún más aguda de medicamentos esenciales, que afecta principalmente a los cubanos con enfermedades crónicas.

“Las farmacias no tienen medicamentos para la presión arterial, no tienen medicamentos para la diabetes, no tienen medicamentos para condiciones de la tiroides. Y ya ni un analgésico se consigue en la farmacia”, lamentó Pupo.

Como resultado, los pacientes que no pueden conseguir que conocidos que viajan desde el exterior les traigan sus medicamentos no tienen otra opción que recurrir a vendedores del mercado negro, pero pagando precios mucho más altos. Por ejemplo, un medicamento clave para la hipertensión “antes costaba unos 15 pesos ($0.02) en las farmacias cubanas. Un paquete de 10 tabletas en el mercado negro cuesta 350 pesos ($0.60)”, dijo Cárdenas.

Muchos pacientes simplemente no pueden costear el tratamiento.

“La situación de la salud es verdaderamente grave, sobre todo en un país donde la salud pública siempre fue considerada entre las mejores de la región, con profesionales de élite y una atención realmente excelente para la población”, añadió.

“Necesitamos un cambio”

Las múltiples crisis que afectan a Cuba también han trastocado gravemente la educación.

“Llevamos dos meses con clases a distancia”, dijo un estudiante de informática y tecnología de la Universidad Tecnológica José Antonio Echeverría (CUJAE), que pidió permanecer en el anonimato. “Pero a veces hay apagones en la universidad, así que no hay clases. O a veces son los estudiantes los que no pueden conectarse porque no tenemos electricidad ni conexión a internet”, se quejó el joven, que caminaba por la amplia y arbolada avenida Paseo junto con tres amigos un sábado temprano en la noche.

“La educación en Cuba está en riesgo debido a la actual crisis energética”, alertó Anne Lemaistre, directora de la oficina regional de la UNESCO en La Habana, en una publicación en redes sociales el 29 de mayo. Estudiantes y docentes tienen dificultades para asistir a la escuela y aprender de manera efectiva, denunció. “Pone en peligro el futuro de toda una generación, con consecuencias a largo plazo”, escribió la funcionaria de la ONU.

Sin embargo, aquella tarde de sábado los estudiantes de CUJAE la estaban pasando bien: los cuatro amigos, todos vestidos con atuendos vintage y a la moda, acababan de salir del Teatro Nacional, donde habían disfrutado de un ballet por 150 pesos ($0.28). ¿Cómo lograban cuidar así su look? “Inventando”, dijeron otra vez.

En el Malecón, el chófer y su esposa criticaron duramente la agresividad de la política exterior de la Administración Trump. “Necesitamos un cambio, pero no a cualquier precio”, dijo el hombre de 61 años. “Los estadounidenses bombardearon una escuela en Irán: ¿van a hacer lo mismo aquí?”, preguntó.

“Sesenta y ocho años después de la Revolución, ya es hora de un cambio”, coincidió un vigilante nocturno que se enorgullecía de haber nacido el año en que triunfó la Revolución cubana (1959). Ese cambio, sin embargo, “tiene que venir de nosotros, los cubanos”, añadió el hombre, que optó por seguir trabajando aunque ya puede jubilarse, debido a lo bajas que son las pensiones.

Atardecer en el malecón de La Habana.
Foto de Jean-Michel Hauteville | Centro de Periodismo Investigativo

Otros cubanos, especialmente los más jóvenes, que crecieron en un país en crisis perpetua, son más tajantes en su rechazo al Gobierno.

“Estoy esperando que Trump venga y haga lo que le hizo a Maduro”, soltó la joven actriz, sentada en el parque de la calle Calzada, junto a su abuela. “O si no, que el país entero se tire a la calle: ellos no son más que nosotros”, dijo la madre de dos hijas, con tono desafiante.

Oleadas de protestas nocturnas han estallado en varias partes de La Habana y otras ciudades cubanas desde mediados de mayo, tras agotarse los suministros de petróleo ruso y agravarse los apagones. Desesperados, algunos residentes de la capital cubana se manifestaron en las calles y encendieron fuegos como señal de descontento, mientras otros ciudadanos frustrados han golpeado ollas y sartenes desde sus ventanas.

“La gente no va a dejar de protestar si no hay una solución. Y está claro que el Gobierno no tiene ningún tipo de solución: solo le dice a la gente que ‘resista’”, comentó Laritza Diversent, directora ejecutiva de Cubalex, una organización de abogados cubanos y defensores de derechos humanos radicada fuera de la isla. “La gente necesita desahogar su frustración, salir de la frustración de no tener agua, de no tener esto o aquello”, dijo la abogada, que vive en Estados Unidos tras recibir asilo político en ese país.

En una entrevista publicada por el medio digital Claridad, el presidente de Cuba, Miguel Díaz Canel fue preguntado sobre los cacerolazos registrados casi todas las noches en algunas zonas del país por el descontento con los apagones. “La gente toca cacerolas, algunos con más disgusto que otros”, respondió el mandatario. Pero atribuyó la crisis al bloqueo de Estados Unidos: “Tóquenle la cacerola a los vecinos del norte”, dijo.

El presidente cubano reconoció, sin embargo, el alcance del malestar social provocado por la crisis. “Hay que hacer cosas, y no quedarnos detenidos en el tiempo. Yo les digo, en medio de toda esa situación (…) que es dura —porque aquí hay escasez de transporte, de alimento, de medicamentos, aquí hay apagones prolongados de más de veinte horas— eso provoca insatisfacción, nadie puede estar contento, el pueblo está sufriendo. Es parte de la estrategia imperialista. La estrategia imperialista es asfixiarnos económicamente para provocar eso: una ruptura entre pueblo y Revolución”, dijo Díaz-Canel.

Aun así, sostuvo que la crisis no debe leerse de forma simplista. “Estas no son cuestiones para verlas en blanco y negro; pasan por muchas situaciones, por muchas razones. Pero fíjate, yo tengo la convicción de que lo vamos a superar, que vamos a salir adelante y que vamos a vencer, y que no nos vamos a rendir”, afirmó.

El actor y educador Daniel Triana en un bar del barrio de El Vedado, en La Habana.
Foto por Jean-Michel Hauteville | Centro de Periodismo Investigativo

En un bar queer de la avenida Línea —uno de esos lugares inesperadamente modernos que le dan una apariencia de normalidad a la vida en la capital cubana—, Daniel Triana, artista y educador de 28 años, no se guardó nada.

“Una dictadura de este tipo —este sistema soviético, anacrónico y obsoleto— no tiene cabida en el siglo XXI”, argumentó esta figura prominente de la comunidad LGBTQ de La Habana, quien sostuvo que desde 2019 ha sido arrestado, pese a su fama, “unas diez veces” por sus opiniones políticas.

El bloqueo naval “indiscutiblemente tiene un impacto negativo en la vida de los cubanos de a pie”, lamentó el joven actor de teatro. No obstante, dijo, “si el Gobierno cubano —como parece estar ocurriendo— negocia, llega a acuerdos y comienza de facto una transición política, entonces las sanciones habrán sido algo positivo. Solo el tiempo lo dirá”, dijo Triana, quien quiere emigrar.

“Estados Unidos quiere provocar cambios en Cuba, pero parece querer lograrlo mediante la negociación”, mientras “presiona” a la isla con el bloqueo petrolero, dijo Alejandro Rosés Pérez, investigador del Centro de Investigaciones de Política Internacional, con sede en La Habana. En su opinión, aunque una intervención militar estadounidense parece mucho menos descabellada que hace unos años, sigue siendo improbable, pues el Gobierno de Estados Unidos parece enfocado en “cambios en el frente económico” en la isla. “No veo señales que indiquen que Cuba y Estados Unidos estén negociando cambios fundamentales en el sistema político cubano”, dijo Rosés Pérez.

Con el conflicto en Irán lejos de resolverse, muchos creen que Cuba sería el próximo objetivo de Estados Unidos.

“El punto muerto en el que están ambos países ahora mismo es muy peligroso”, dijo Espinosa Carrillo, la directora ejecutiva de CEDA. Durante las próximas semanas, veremos “un par de escenarios moviéndose a la vez”, pronosticó. Mientras las sanciones siguen estrangulando la economía de la isla, “Cuba podría ver disturbios este verano”, pero “el aparato militar y partidista va a resistir concesiones que puedan amenazarlo”, opinó.

“Al final del día, lo importante es que los cubanos de a pie están absorbiendo las consecuencias y el riesgo de un colapso social”, advirtió Espinosa Carrillo, quien añadió que las consecuencias de un desastre humanitario en Cuba “podrían tener impactos en las islas del Caribe, en los países latinoamericanos y también en Estados Unidos”.

Mientras los cubanos siguen “inventando” en su día a día para mantenerse vivos y cuerdos, las organizaciones cristianas locales esperan seguir logrando milagros.

“La crisis es tan severa, la comida está tan cara y el número de personas pobres sigue creciendo. Y, sin embargo, en 2025 logramos organizar una cena de Navidad para 2,000 personas”, contó Alonso Betancourt, la voluntaria de la Comunidad de Sant’Egidio.

Una mujer de 81 años se pone de pie y canta durante un ensayo en el taller de teatro para personas mayores del Centro Loyola Reina, mientras la instructora de teatro, Yoamaris Neptuno Domínguez, levanta la mano.
Foto de Jean-Michel Hauteville | Centro de Periodismo Investigativo

En un amplio salón del Centro Loyola Reina, media docena de mujeres de 60, 70 y 80 años ensayaban una obra con su instructora de teatro, Yoamaris Neptuno Domínguez, como parte de las actividades del Proyecto Otoño para personas mayores. El taller de teatro llevaba meses realizándose dos veces por semana, pese a la falta de combustible y otras dificultades que impedían asistir a muchas integrantes, así como a los apagones que habían interrumpido un par de sesiones. Cerca de la mitad de las participantes faltaron aquel lunes por la mañana. Una mujer de 61 años dijo que tuvo que caminar durante 40 minutos para llegar a la clase de teatro.

“Cuando no hay electricidad, abrimos la ventana. Y a eso le llamamos un ensayo a la cubana”, bromeó una de las señoras del grupo, quien dijo que “en los teatros de todo el país se presentan obras con linternas” durante los apagones.

“Así somos los cubanos”, añadió una de sus amigas. “Tenemos ese rasgo de que, venga lo que venga en la vida, seguimos hacia adelante. Somos invencibles”.

Esta traducción se generó con la ayuda de la inteligencia artificial y fue revisada por nuestro equipo editorial para garantizar su precisión y claridad.

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