Por Edgar León Ayala.
La educación pública en Puerto Rico no está en declive. Está en colapso. Miles de estudiantes boricuas pasan de grado sin las destrezas fundamentales necesarias para prosperar en el siglo XXI, mientras los políticos debaten entre promesas vacías. Es hora de llamar las cosas por su nombre: Puerto Rico enfrenta una emergencia educativa y necesitamos tratarla como tal.
Una Agencia de Empleo Disfrazada de Sistema Educativo
El Departamento de Educación de Puerto Rico se ha convertido en una máquina de patronazgo político. Los cinco billones de dólares anuales destinados al sistema no llegan a las aulas; los absorbe una burocracia que emplea cientos de puestos de confianza cuyos ocupantes jamás pisan un salón de clase, pero cobran salarios que superan los de los maestros. Estos últimos, los verdaderos héroes de la crisis, sobreviven con salarios indignos y se ahogan en trabajo administrativo que les roba el tiempo para enseñar.
Permanencia para Unos, Precariedad para Otros
La ironía es cruel: enfermeras, trabajadores sociales y psicólogos escolares reciben permanencia en sus puestos, pero no los maestros, quienes son tratados como trabajadores desechables. Esta inversión de prioridades confirma que el sistema no está diseñado para educar, sino para emplear.
Estudiantes Promovidos, Futuros Destruidos
La consecuencia más grave es la promoción automática de grado. Graduamos jóvenes que no leen con comprensión, no dominan matemáticas elementales y carecen del pensamiento crítico necesario para un mundo complejo. Les entregamos diplomas vacíos y futuros truncados.
Las Soluciones son Urgentes
Puerto Rico necesita acciones inmediatas: declarar formalmente la emergencia educativa; congelar todos los puestos administrativos y de confianza que no sean maestros de aula; y democratizar radicalmente la distribución de recursos para que el dinero fluya directamente a las escuelas. Además, cada estudiante debe tener acceso a una computadora e internet robusto. Los recursos existen; lo que falta es voluntad política para redirigirlos desde las oficinas centrales hacia las manos de los estudiantes.
Cada día sin acción es otro día de futuros desperdiciados. Puerto Rico no necesita más estudios ni comités: necesita valentía política para admitir que el sistema actual sirve primero a los intereses de empleo político y muy lejos detrás a los estudiantes. El futuro de la isla se decide en miles de salones abandonados. Es hora de poner la educación verdadera en el centro de las prioridades nacionales.



