Por Dra. María Sotelo Porto
La resiliencia docente es un conjunto de habilidades y procesos socioemocionales que permiten a los educadores manejar el estrés y los desafíos inherentes a su profesión de una manera saludable y constructiva.
Andres Lobo (2025) en su artículo Estrategias de Resiliencia Docente expone que ser docente en el siglo XXI implica tener competencias que no se limitan a la didáctica, sino que aborda profundamente las emocionales, en el cual se enlaza la educación emocional personal con la práctica pedagógica efectiva. Lobo considera que la verdadera resiliencia es la capacidad de reconstruirse. Se caracteriza por ser un proceso dinámico que permite a las personas no solo sobrevivir a la adversidad, sino transformarla en aprendizaje y crecimiento.
Lobo resalta las estrategias de resiliencia docente, entre ellas: 1) Practicar la metacognición emocional, es decir, reconocer las señales tempranas de agotamiento e intervenir; 2) Flexibilidad en la planificación didáctica, enfocada en lo que sí puede gestionar y ajustar; 3) Buscar apoyo de sus colegas al constituirse como comunidad de aprendizaje, y aceptar la evaluación entre pares docentes como una de colaboración y no de juicio para su crecimiento; 4) Mantener su sentido de propósito, al considerar que el enseñar es para algo más que cubrir un contenido curricular, es inspirar; 5) Utilizar el humor, sin sarcasmo, como mecanismo de afrontamiento ante los propios errores; 6) Emplear la creatividad para resolver problemas, para motivar, evaluar y gestionar, que a su vez genera satisfacción y contrarresta el burnout; 7) La autocompasión, que va a sustituir la autocrítica adversa por una autoobservación compasiva.
Concluye que la resiliencia docente debe ser un proyecto escolar, en la cual se promueva: 1) Espacios donde los maestros puedan compartir prácticas y emociones. No como una reunión pedagógica, sino un círculo de escucha, donde la vulnerabilidad es percibida como fortaleza y no como incompetencia; 2) El liderazgo educativo compasivo, que escucha, protege, reconoce el esfuerzo públicamente y pregunta genuinamente: ¿Cómo estás?, ¿Qué necesitas?; 3) Una Cultura de bienestar, que incluye desde tener un espacio físico agradable hasta políticas claras de desconexión; 4) Programas de Mentorías entre Pares, donde maestros experimentados además de guiar pedagógicamente, ayudan como soporte emocional a otros maestros.
Desde mi perspectiva, considero que en Puerto Rico aún se necesita espacios de cambios genuinos, de sensibilización en los entornos escolares. Sin embargo, cuenta con muy buenas disposiciones de parte de los docentes, es cuestión de generar un liderazgo en la gerencia educativa comprometido con la eficiencia (el uso óptimo de recursos para lograr objetivos) y eficacia (alcanzar objetivos) tanto de la gestión enfocada en la tarea administrativa como también enfocada en las relaciones humanas.



