Por Lcdo. Luis Ibrahyn Casiano
Cada inicio de año llega envuelto en un ritual colectivo cargado de simbolismos. Se habla de cerrar ciclos, de nuevas oportunidades, de puertas que se abren casi por arte de magia con el simple cambio del calendario. Las redes sociales se llenan de frases motivacionales, propósitos apresurados y promesas de transformación inmediata. Sin embargo, desde una mirada crítica, humana y profesional; es necesario detenernos y decir algo que incomoda, el año nuevo no cambia nada por sí solo. No sana heridas, no corrige decisiones, no ordena la vida ni garantiza bienestar. El tiempo, en sí mismo, es un marco neutro. No tiene intención ni poder terapéutico. Somos nosotros quienes le atribuimos significados que, muchas veces, funcionan como una forma elegante de postergar la responsabilidad personal. Delegar el cambio en el calendario es una manera silenciosa de ceder el poder, de esperar que algo externo haga el trabajo interno que nos corresponde.
El año pasado no fue malo. Simplemente fue. Fue un espacio donde ocurrieron cosas, algunas dolorosas, otras transformadoras; unas elegidas conscientemente, otras atravesadas desde la sobrevivencia. Nombrarlo como “un mal año” suele ser una forma reduccionista de evitar mirarlo con honestidad. Porque incluso en el dolor hubo momentos de alegría, y aun en los errores cometidos hubo información valiosa sobre quiénes somos, qué necesitamos y qué ya no estamos dispuestos a tolerar. De igual manera, el año que comenzó no viene cargado de esperanzas automáticas. No trae garantías, ni soluciones empaquetadas, ni promesas cumplidas. Las esperanzas no vienen con el año, las colocamos nosotros a través de decisiones concretas, acciones sostenidas y cambios posibles. Esperar que el simple paso del tiempo nos transforme es una ilusión cómoda, pero estéril.
Ahora que estamos en los primeros días de enero, es importante señalar que el cambio ocurre cuando dejamos de romantizar el futuro y comenzamos a trabajar el presente. Ocurre cuando entendemos que el crecimiento personal no es un evento, sino un proceso; no una resolución escrita en una lista, sino una práctica cotidiana. Cambiar implica incomodarnos, revisar patrones, asumir límites y, sobre todo, sostener el esfuerzo incluso cuando no hay aplausos ni resultados inmediatos. Desde el Trabajo Social Clínico y la psicoterapia humanista sabemos que nadie se construye en soledad. La narrativa del “yo puedo solo” es tan popular como dañina. El bienestar emocional no depende únicamente de la fuerza de voluntad, sino también de los sistemas de apoyo que logramos tejer y sostener. Las relaciones significativas, la comunidad, los vínculos protectores y el acompañamiento profesional no son lujos: son factores esenciales de salud mental.
Pedir ayuda no es rendirse. Es, de hecho, un acto de profundo autoconocimiento. Reconocer que necesitamos apoyo habla de madurez emocional, no de fragilidad. Acompañarse profesionalmente es una forma de hacerse responsable de la propia historia, de aprender a gestionar emociones, resignificar experiencias y fortalecer recursos internos que permitan enfrentar la vida con mayor claridad y equilibrio. Por eso, más que desear un “feliz año”, prefiero desear una vida consciente. Una vida donde el bienestar no esté condicionado por fechas ni expectativas irreales. Una vida donde las metas no se construyan desde la culpa, sino desde el sentido. Donde el autocuidado deje de ser un discurso aspiracional y se convierta en una práctica diaria: dormir mejor, poner límites, pedir ayuda, elegir relaciones sanas y actuar con coherencia entre lo que se piensa, se siente y se hace.
El verdadero deseo no es un año perfecto, porque eso no existe. El verdadero deseo es una vida con herramientas, con redes de apoyo, con procesos de sanación sostenidos en el tiempo. Una vida donde el crecimiento no dependa del calendario, sino del compromiso con uno mismo. Como bien estableció Mario Benedetti: “No somos lo que somos, ni menos lo que fuimos…”. Somos, en realidad, una construcción constante. Somos la capacidad de resignificar lo vivido y decidir, una y otra vez, qué hacer con ello. El tiempo seguirá avanzando, con o sin propósitos. La diferencia siempre estará en qué haces tú mientras pasa. No te deseo un feliz año. Te deseo una vida plena, consciente y acompañada; y eso, definitivamente, trasciende los días, los meses y los años.



