miércoles, marzo 25, 2026
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LA MENTIRA QUE NOS REPETIMOS CADA CUATRO AÑOS

Por José A. Bonilla Morales

Las elecciones no son un juego. No son un espectáculo ni un concurso de simpatías. Son decisiones serias que marcan el rumbo de un pueblo. Cada voto tiene peso moral, porque no solo elige gobernantes, también revela qué tipo de sociedad que queremos ser. Por eso, llega un momento en el que debemos hacer un alto y examinar con honestidad nuestras decisiones colectivas.


Puerto Rico lleva años atrapado en un ciclo que parece no romperse. Elección tras elección, se repiten los mismos resultados, como si el país estuviera condenado a girar en círculo. Se vuelve a confiar en estructuras que han fallado, en liderazgos que no han demostrado capacidad para corregir el rumbo. Y mientras tanto, los problemas persisten: instituciones debilitadas, economía frágil y una sensación creciente de desgaste moral.
No se trata sólo de señalar a los partidos o a los políticos. El asunto es más profundo. Una sociedad no puede esperar resultados distintos si sigue tomando las mismas decisiones. Aquí es donde entra la responsabilidad individual. Votar no es un acto automático ni emocional; es un acto de conciencia. Requiere informarse, evaluar, y tener el valor de romper con patrones que ya han demostrado ser dañinos.


Muchas veces, el cambio se frena no por falta de opciones, sino por miedo, costumbre o presión social. Es más fácil quedarse en lo conocido, aunque no funcione, que arriesgarse a algo distinto. Pero esa comodidad tiene un costo. Mantener lo mismo, cuando lo mismo no sirve, termina profundizando la crisis. Y con el tiempo, ese costo lo paga todo el país.
También hay que hablar con claridad sobre otro problema que nos afecta: la dependencia. Cuando una parte significativa de la sociedad depende del gobierno de manera poco saludable —ya sea por ayudas mal estructuradas, empleos sin mérito o contratos inflados— se crea una cultura donde el bienestar no está ligado al esfuerzo ni a la productividad. Eso debilita el carácter colectivo y hace al sistema más vulnerable a la corrupción y al abuso.
Pero esa realidad no es sostenible. Ninguna sociedad puede prosperar indefinidamente si produce menos de lo que consume, o si distribuye más de lo que genera. Tarde o temprano, el sistema colapsa. Por eso, es urgente recuperar una visión distinta: una donde el trabajo digno, el emprendimiento, el ahorro y la inversión vuelvan a ser pilares del desarrollo.


Sin embargo, el cambio económico no puede darse sin un cambio moral. Las sociedades no se levantan solo con políticas públicas; se levantan con valores. Cuando se pierde el sentido de responsabilidad, de honestidad, de servicio al prójimo, todo lo demás comienza a deteriorarse. La crisis que vivimos no es únicamente económica o política; es también una crisis de carácter.


Aquí es donde entra el fundamento más importante: el orden correcto de las cosas. Una sociedad sana reconoce que hay principios más altos que el interés inmediato. Poner a Dios en el centro no es un eslogan; es reconocer que existe una verdad que nos trasciende y que debe guiar nuestras decisiones. De ese orden nacen también el valor de la familia, el respeto por la comunidad y el compromiso con la patria.


Puerto Rico ya ha conocido tiempos de mayor estabilidad y crecimiento. No fueron perfectos, pero hubo una base de trabajo, disciplina y aspiración que permitió avanzar. Recuperar ese espíritu no es imposible, pero requiere voluntad. Requiere que cada ciudadano asuma su rol, que deje de ver la política como entretenimiento y la entienda como responsabilidad.


El futuro no está escrito. Pero sí está condicionado por lo que hagamos hoy. Si seguimos igual, los resultados serán los mismos o peores. Si decidimos cambiar —de mentalidad, de hábitos, de criterios— entonces se abre la posibilidad de un nuevo rumbo.


Este no es un llamado a la desesperanza, sino a la conciencia. Todavía estamos a tiempo. Pero el cambio comienza cuando dejamos de culpar solamente a otros y empezamos a examinarnos a nosotros mismos. Porque al final, el país que tenemos es, en gran medida, el reflejo de las decisiones que tomamos. Y esas decisiones, una por una, comienzan en nosotros.

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