Por José a. Bonillo.
En solo tres meses de septiembre a diciembre de 2025 la situación entre Estados Unidos y Venezuela pasó de ser un despliegue militar inquietante, pero todavía incierto, a convertirse en una campaña activa y sostenida de presión con elementos militares, legales y diplomáticos que ya no pueden ignorarse. Lo que antes se analizaba como “escenarios plausibles” hoy se ha convertido en hechos concretos que revelan una escalada controlada, pero real. Y ante este panorama, es responsable, como ciudadanos del Caribe y de las Américas, prepararnos mental y socialmente para el peor escenario: una confrontación más directa.
En septiembre, el despliegue naval de Estados Unidos se interpretaba como una jugada estratégica para presionar a Maduro sin caer en una guerra. Se contemplaban tres caminos: una salida negociada del régimen, un levantamiento interno apoyado indirectamente por Washington o ataques quirúrgicos limitados. Aunque no se sabía hacia dónde se inclinaría la Casa Blanca, la idea central era que Trump buscaba proyectar fuerza sin cruzar la línea de una intervención abierta.
Pero para diciembre el panorama cambió. Ya no hablamos de hipótesis, sino de una operación en curso: designación oficial del Cartel de los Soles como organización terrorista, presencia confirmado del portaaviones USS Gerald R. Ford en el Caribe, ataques estadounidenses a embarcaciones vinculadas al narcotráfico y un marco estratégico llamado Operation Southern Spear. La estrategia que en septiembre se analizaba como “posible” ahora es visible y coordinada: presión legal, interdicción marítima, sanciones expandidas y operaciones de inteligencia reforzadas.
Esto significa que la fase de “advertencia” quedó atrás. Hoy estamos en una etapa donde Estados Unidos está construyendo las condiciones para opciones más contundentes si lo considera necesario. Y aunque Washington parece evitar una guerra abierta, la realidad es que la región vive un proceso de escalada paso a paso.
Por eso es imprescindible prepararnos para el peor escenario.
A corto plazo (próximos meses), veremos más patrullajes, más ataques a embarcaciones y más sanciones. Esto aumenta el riesgo de que un mal cálculo, una provocación o un incidente inesperado desencadene respuestas más fuertes. A mediano plazo (2026–2027), es probable que se intensifiquen las presiones sobre el espacio aéreo venezolano, las operaciones cibernéticas y el aislamiento diplomático. Todo esto puede generar mayor inestabilidad interna en Venezuela, y con ello, oleadas migratorias, tensiones regionales y riesgos para la economía del Caribe.
A largo plazo, si no hay una transición interna, Estados Unidos podría pasar de golpes limitados a operaciones más amplias contra infraestructura estratégica. No es una invasión tradicional, pero sí un escenario de confrontación sostenida que tendría efectos directos en la seguridad, comercio y movilidad en toda la región.
La historia muestra que los conflictos rara vez comienzan de un día para otro. Se construyen poco a poco, hasta que llega un punto de no retorno. Estamos caminando hacia ese punto. No es alarmismo: es responsabilidad. Prepararnos significa estar informados, fortalecer nuestras instituciones, prever impactos económicos y acompañar humanamente a los más vulnerables.
Porque, si algo enseña este momento, es que cuando los gigantes se mueven, las olas llegan lejos. Y debemos estar listos.



