Por Camila T. Rivera González.
“¡Nene te tienen castigado!”, “¿No tienes tableta?” “¡Ay santo, hace tiempo no veía un nene leyendo!” Comentarios así los escuchamos cuando mi hijo menor pisa una sala de espera o un restaurante. ¿Por qué automáticamente piensan que está castigado o lo ven como algo negativo? La lectura en los niños se ha vuelto tan inusual que ahora lo raro es verlos leer. Vamos, puedo entender por qué se percibe así. Vivimos una realidad donde la lectura dejó de ser una necesidad. Piénsalo, vamos a comer comida rápida y el menú ya no se lee, se escoge una foto usando botones automáticos y pa’ colmo los dispositivos electrónicos hablan por y con nosotros.
Los niños se desarrollan en un entorno donde casi todo está resuelto de antemano, es inmediato, visual, electrizante y automatizado. ¿Quieres saber un secreto? Cuando algo no requiere lectura, tampoco exige comprensión. ¿Qué tiene de malo? Las consecuencias las vemos cuando se reduce la tolerancia a textos largos, se debilita la capacidad de imaginar lo que se lee y no se adquiere el pensamiento crítico. Leer implica interpretar, analizar y otras decenas de destrezas. Cuando estas no se practican o desarrollan, comprender se vuelve una incomodidad. Los escuchamos leer en voz alta, pero no nos pueden explicar lo que leyeron. No porque no tengan la capacidad cognitiva, sino porque su cerebro sufre exceso de dopamina y “bajar revoluciones” para leer, es casi tortura para ellos.
Me despido con una reflexión: La vida no es automática. Está hecha de decisiones, consecuencias y significado. Si no les enseñamos a comprender, no les estamos fallando académicamente; les estamos arrebatando la posibilidad de alcanzar todo lo que podrían ser. Recordemos, lo raro no es leer, es lo normalizado que está el no necesitar comprender.



