Mientras el Gobierno de Puerto Rico aplaude las inversiones federales en infraestructura militar y hay un aumento en el despliegue de fuerzas armadas en aeropuertos y terrenos militares recuperados, cada vez menos puertorriqueños se inscriben en las principales ramas de la milicia estadounidense en la Isla, halló una investigación del Centro de Periodismo Investigativo (CPI) en la que se analizaron los datos de reclutamiento de la última década del Ejército, la Marina de Guerra, la Fuerza Aérea, el Cuerpo de Marines y la Guardia Nacional de Puerto Rico.
El total de personas reclutadas en todas las ramas militares en Puerto Rico cayó un 11% entre 2021 y 2025. En ese periodo, la población de 18 a 44 años, que es la más reclutada en la Isla, disminuyó aproximadamente 2%, según estimados del Censo. En los pasados cinco años, además, el 36% de las reclutas fueron mujeres, encontró el CPI.https://e.infogram.com/74f37064-4de2-43da-b08b-3e98d2cdcd9c?parent_url=https%3A%2F%2Fperiodismoinvestigativo.com%2F2026%2F03%2Fmilicia-pierde-atractivo-para-puertorriquenos%2F%3Futm_source%3Dnewsletter%26utm_medium%3Demail%26utm_campaign%3Dmilicia_atractivo%26mc_cid%3D82172eb8b4%26mc_eid%3D4a1eaa4129&src=embed#async_embed
La caída más marcada en el reclutamiento en Puerto Rico en ese periodo se registró en el Ejército (ARMY), con un descenso de 30%. También disminuyeron los reclutas en la Marina con 15% y en la Guardia Nacional con 8%.
La Fuerza Aérea y el Cuerpo de Marines fueron las únicas ramas de la milicia que, en ese mismo renglón de edad, reportaron aumentos de 26% y 6%, respectivamente. Ese aumento se traduce en apenas 58 personas más en la Fuerza Aérea y nueve en el Cuerpo de Marines.
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La disminución de inscripciones de los puertorriqueños en las Fuerzas Armadas de Estados Unidos, contrasta con el aumento de la presencia militar en el archipiélago. El uso de la isla como base militar, que supuso el uso estratégico de Puerto Rico como trampolín para la captura del expresidente venezolano Nicolás Maduro, comenzó en julio de 2024 cuando la Autoridad de los Puertos firmó un contrato con la Fuerza Aérea para el uso del aeropuerto de la Antigua Base Naval Roosevelt Roads en Ceiba. Ese incremento militar en Puerto Rico derivó en el anuncio de $325.9 millones en fondos para construcción militar, celebrados públicamente por la gobernadora Jennifer González Colón. Según la Junta de Planificación, esta estrategia militar inyectaría a largo plazo sobre $898.4 millones a la economía local por medio de la creación de empleos en construcción, administración y servicios, retención contributiva y arbitrios para los municipios donde se ubican las principales bases militares.

Foto Suministrada
Sin embargo, la imagen histórica del uniforme militar como pasaporte al éxito económico ha venido a menos, según relataron al CPI seis personas que sirvieron en ramas militares, debido a que las promesas de movilidad social no siempre se cumplieron y, en algunos casos, quedaron opacadas por experiencias de discrimen, acoso sexual y limitaciones profesionales por no manejar el inglés.
A esas voces, se suman los relatos de consejeros de escuelas públicas que describen la necesidad inmediata de los jóvenes de hacer dinero y no ven la carrera militar como una vía rápida. Así también, expertos en tendencias militares advierten que la exposición prolongada a conflictos bélicos, el temor a cargar con secuelas físicas y traumas mentales una vez culminan el servicio militar han debilitado el atractivo de una institución que durante décadas fue presentada como una importante ruta de ascenso económico para la juventud puertorriqueña.
“Mucha gente piensa que los militares son ‘de dinero’. Mentira, mentira y mentira”, afirma Nagelys Viera Viera, de 23 años y veterana del Ejército, aunque reconoce que en su caso se inscribió porque buscaba independencia económica.
Se unió al ARMY a los 17 años recién salida de escuela superior. Aunque creció en un entorno donde la milicia era parte del paisaje familiar —su madre, Carmen Viera, es veterana de la Marina y varios de sus primos sirvieron en otras ramas militares— el Ejército para ella no era una aspiración personal.
“Nunca me había gustado [la milicia]”, dice. Pero como no había hecho los trámites a tiempo para entrar a la universidad y tampoco conseguía un empleo que le resultara atractivo, se aburrió y se desesperó. Tomó el examen de aptitud militar y entró al Ejército. Se unió al equipo encargado de suplir inventario al batallón lo que implicaba cargar equipo pesado y subirse y bajarse de camiones de distribución. Luego del entrenamiento y de empezar funciones, tuvo una lesión en la espalda que la incapacitó.

Foto por Víctor Rodríguez Velázquez | Centro de Periodismo Investigativo
La joven estudiante de Derecho en la Universidad Interamericana ha notado que en comunidades donde el acceso a oportunidades es limitado, la carrera militar suele verse como sinónimo de ascenso social automático. “Cuando uno escucha que fulanito se enlistó, piensa: ‘pues le va a ir bien’”, dice. Pero la realidad, advierte, es más compleja.
Para el historiador José “Che” Paralitici, especialista en el servicio militar obligatorio en Puerto Rico y del militarismo en la Isla, el trauma que dejó la guerra de Irak a principios del Siglo 21 —donde fueron desplegados más de 12,000puertorriqueños y cuyos efectos emocionales persisten entre veteranos y sus familias— quizá explican la baja en los reclutamientos.
“La experiencia con Irak fue fatal, todavía se están viviendo las consecuencias… problemas emocionales, aparte de los heridos y las muertes”, señaló.
Además, apuntó que el contexto geopolítico actual bajo la presidencia de Donald Trump, que está marcada por amenazas de conflictos en América Latina, el Caribe, Medio Oriente e incluso Groenlandia, genera la percepción de que hay más probabilidades de ser enviados a escenarios de guerra, lo que provoca en muchos puertorriqueños el temor de perder la vida si ingresan a las Fuerzas Armadas.
Según el profesor Carlos Severino, experto en Geopolítica, actualmente existen 59 conflictos activos en el mundo en los que, directa o indirectamente, Estados Unidos puede estar involucrado y que eso es 25% más que los que existían hace dos décadas.
En el ataque de Estados Unidos e Israel contra Irán a finales de febrero, el primer día, seis soldados estadounidenses murieron y 787 civiles, incluyendo 180menores, según las autoridades iraníes. Tras las muertes, Trump dijo que “las vidas de valientes héroes estadounidenses pueden perderse… Eso a menudo ocurre en la guerra”, al justificar la intervención como una acción “por el futuro” y no “para el ahora”.
Lo que el dinero no puede comprar
El veterano Wilfredo Corps Carmona no explica su entrada a las Fuerzas Armadas a finales de los años 90 desde el lenguaje del patriotismo estadounidense ni se quiere proyectar como un héroe de guerra. Su historia en la milicia comienza en la juventud, cuando la incertidumbre de esos años se mezcló con la responsabilidad de ser padre.
“Yo me hice padre de mi hijo Fernando”, dice. Era estudiante universitario en el programa de Trabajo Social de la Universidad de Puerto Rico (UPR) en Humacao. “La necesidad de tal vez conseguir mejores cosas, un mejor porvenir para mi hijo, me hizo entrar”, explica. Para él, enlistarse no fue un escape, sino una decisión consciente frente a un escenario que sentía limitado. “Puerto Rico al momento no me iba a dar la oportunidad de tener un salario digno”, añade.
Lo hizo a través del programa del Cuerpo de Entrenamiento de Oficiales de la Reserva (ROTC en inglés), un programa universitario que combina la formación militar con estudios tradicionales y que ofrece beneficios como becas y otras ayudas para costear matrícula, alojamiento y comida. Tenía poco más de 20 años cuando tomó la decisión. “Era un niño”, reflexiona.

Captura de pantalla, video tomado por César Saúl
La vida militar, sin embargo, no tardó en confrontarlo con la disciplina, el entrenamiento físico y también con dilemas de la identidad puertorriqueña. Ese entorno lo empujó a exigirse más, según dice. “Cada vez que me decían algo que me molestaba, me exigía más de mí como puertorriqueño, como soldado”, asegura. Reconoce que el idioma fue otro reto que manejó. “Mi inglés no era tan depurado… lo aprendí en Alabama”, recuerda, y dice que tuvo que adaptar el oído, la mente y el cuerpo. “Hice muchos ‘push-ups’, muchos ‘pull-ups’”.
Pese a esos choques, Corps habla del Ejército como una escuela de carácter y honor. “Te están adoctrinando para ser un soldado”, explica, a la vez que insiste en que fue una de las etapas más formativas de su vida, pero fue también un “sacrificio” para darle a sus hijos calidad de vida desde el punto de vista económico.
Su servicio incluyó misiones que no encajan en la imagen tradicional de combate. Menciona trabajos “humanitarios” en distintos países, como Guatemala y El Salvador, y subraya que “no todo fue guerra”. Esa trayectoria derivó, mucho más tarde, en su primer despliegue de combate formal.
“Mi primer combate fue en el 2013–2014… Irak”, relata. Fue asignado a una misión de mentoría a policías militares iraquíes, un rol que describe como complejo y delicado. “La gente piensa que nosotros entrenamos para matar”. El episodio que define su experiencia de combate ocurrió en Ramadi, capital de la provincia de Al Anbar, al oeste de Irak, a unos 110 kilómetros de Bagdad. La ciudad se encuentra cerca de Faluya, uno de los blancos principales de la guerra de Irak, considerada un bastión de la resistencia iraquí.
Corps se remonta a un ataque suicida, la infiltración con uniformes falsos del ejército iraquí, la explosión, los cuerpos y las tareas posteriores de recoger pedazos de carne humana para identificar cadáveres. “No me enseñaron a ver a alguien explotarse y matarse”, confiesa. “Eso no me lo enseñaron”. Desde entonces, las escenas de las bombas, las explosiones y los tiroteos vuelven a su recuerdo. “Esos pájaros vuelan en mi cabeza. Cuando voy a un restaurante, tengo que sentarme mirando a la puerta”, admite. “Si no, no fluyo”.
Ese evento le valió reconocimientos militares, incluido una Estrella de Bronce, por heroísmo, mérito y servicio excepcional en zona de combate. Pero Corps habla de ellos con ambivalencia. “Para mí eso no significa tanto. Murieron personas. Tres padres de familia no regresaron a sus casas”.
Si el combate dejó marcas profundas, la vida familiar terminó de redefinir su relación con el servicio. Durante una asignación en Asia, mientras estaba a miles de kilómetros de distancia, la madre de su hijo mayor enfrentó una enfermedad terminal. Corps describe ese periodo como uno de los más devastadores de su vida. “Es bien duro ver a tu hijo, y ver a su mamá morir por una pantalla, por Skype, y no poder estar ahí. Parte de mí murió un poco en ese momento”, afirma. “El ejército perdió un poco de importancia”.
Al hablar del regreso a la vida civil, luego de sus años de servicio, Corps no oculta su insatisfacción. “El ejército no me preparó para vivir en una sociedad que a veces es injusta”. Señala la dificultad de adaptarse al entorno. También describe la frustración con los sistemas de atención a veteranos en Puerto Rico, la atención médica fragmentada y una respuesta que percibe más farmacológica que preventiva. “A veces te dan medicamentos cuyos efectos secundarios son suicidio. Yo pienso en el suicidio, pero me he concentrado en Dios”.
El arrepentimiento mayor de Corps tiene que ver con cómo fue su rol de padre. “No hay dinero en el mundo que me pague los cumpleaños a los que no asistí”. Insiste en que muchas de sus decisiones fueron tomadas con la intención de asegurar un mejor futuro, aunque hoy cargue con culpas silenciosas. “Mis sacrificios no fueron por capricho, fueron por amor”.
Para el veterano, el honor es una brújula personal. “Para ser alguien de honor no necesito un uniforme. El ejército reforzó valores que ya me habían enseñado en casa”.
Reclutamientos se mueven del salón de clases al algoritmo
Aunque durante años las escuelas públicas fueron espacios prioritarios de captación militar, hoy el escenario ha cambiado y las ferias universitarias, los centros de reclutamiento y las campañas en redes sociales han ganado protagonismo como nuevos frentes de propaganda para inscribirse en los cuerpos militares.
Pero ni la transformación de las estrategias de reclutamiento ni el despliegue de militares que se observa en la Isla han logrado aumentar el interés de los jóvenes puertorriqueños por la milicia.
De acuerdo con el presidente de la Alianza de Consejeros Profesionales de Puerto Rico, el doctor Julio Cruz Rodríguez, el ejército es el área hacia la que menos estudiantes se inclinan, según su experiencia trabajando con alumnos en transición a la vida universitaria desde el 2021.
“Tomando como muestra mi experiencia en campamentos estudiantiles en el Recinto Universitario de Mayagüez de la UPR, esa área militar es la más baja”, dijo. “Estamos hablando de un campamento que reúne una población estudiantil de escuelas públicas y privadas, y estudiantes de toda la Isla, incluyendo Vieques y Culebra. Ellos se mueven al área oeste durante el campamento, porque trabajamos específicamente con el tema de la consejería, brindando a los estudiantes la experiencia de sus áreas de interés durante una semana intensiva. La motivación por el tema militar es mínimo entre los participantes. Se inclinan más por temas de ingeniería, ciencias de la salud, ciencia animal y comunicaciones. En grados técnicos, la atención se concentra en cosmetología, así como en electrónica y tecnología”, detalló.
La consejera escolar Ivonne Román Brignoni señaló que cuando ha discutido con sus estudiantes de grados superiores las alternativas universitarias y profesionales, pocos de ellos se enfocan en la carrera militar.
“Podría decirles que quizás cada año tenemos una [persona interesada en alguna rama militar], o que dice tener interés en esa área [militar], pero no que necesariamente continúan en ese camino”, indicó.

Foto Facebook ARMY – Guardia Nacional
“Llevo seis años trabajando en mi comunidad escolar [en Cataño], y puedo hablarte de exactamente dos estudiantes que completaron todo el proceso y que están en la milicia. Eso es muy poco”, subrayó.
Román contrastó ese escenario con otras rutas académicas y laborales que, según su experiencia, captan la atención de la mayoría de los estudiantes. “Siempre hay estudiantes que aspiran a estudiar en la universidad, pero en su mayoría puedo decir que lo que buscan en estos momentos son carreras cortas o estudios técnicos”, afirmó. En su escuela, la mayoría de los estudiantes representan la primera generación con posibilidad de completar una carrera universitaria, dijo Román. En Cataño, el 53% de los menores de 18 años vivía bajo el nivel de pobreza entre el 2020 y el 2024, según el Censo.
La necesidad inmediata de trabajo es en parte lo que lleva a los jóvenes a preferir carreras cortas, dijo. En su escuela ya hay estudiantes que trabajan, incluso en horarios nocturnos en fast foods del área metropolitana o en otros restaurantes.
“Quieren empezar a trabajar rápido”, dijo.
Ese contacto temprano con el trabajo remunerado influye en sus decisiones posteriores. “Ya están acostumbrados a recibir ingresos”, explicó, lo que —a su juicio— incide en la dificultad de optar por trayectorias que requieren sacrificar por un tiempo cualquier remuneración económica para iniciar un proceso de formación. “Y les cuesta tomar esa decisión”, ya sea la del camino universitario o la de la ruta militar.
Noé vive en Toa Alta y prefiere que se omita su apellido. Se graduó de la escuela superior en el 2020. Cerró su último semestre frente a una pantalla y tomó decisiones de vida en medio del encierro de la pandemia del COVID-19.
En medio de la incertidumbre económica y académica, puso su mira en el entrenamiento de oficiales de reserva ROTC en el Recinto de Río Piedras de la UPR.
El ROTC opera en mil universidades y colegios postsecundarios en Estados Unidos y sus territorios, como “un mecanismo para gestionar futuros líderes” del Ejército activo, de la Reserva y para la Guardia Nacional de Puerto Rico.
Es un programa de carácter voluntario y combina estudios académicos con entrenamiento militar, inglés intensivo, acondicionamiento físico y orientación individual. También ofrece ayudas económicas, incluyendo $420 mensuales durante diez meses al año, $1,200 anuales para libros y becas completas por mérito.
“Te mueve el dinero. Sí, el dinero. Estamos hablando mayormente de que entramos personas racializadas, empobrecidas [a las fuerzas militares]”, reconoce Noé.
El CPI halló que el 60% de las personas reclutadas por la Fuerza Aérea y la Guardia Nacional en los pasados diez años proviene de municipios donde al menos el 40% de los adultos jóvenes vive bajo el nivel de pobreza. Este indicador aproxima la cantidad de personas que gana menos dinero del necesario para obtener los recursos considerados esenciales para sobrevivir.

Foto Facebook ARMY – Guardia Nacional
“En Puerto Rico hay menos población. Pero la que hay y se inscribe en las Fuerzas Armadas se mete por necesidad económica, no por patriotismo (…) Algunos se van de manera voluntaria a la Guardia Nacional porque le da ‘más seguridad’”, acotó el historiador Paralitici.
En la familia de Noé la milicia no era un concepto abstracto. Algunos tíos y abuelos entraron. Sus padres también intentaron ingresar, pero no lo lograron. Creció escuchando sobre beneficios, oportunidades y estabilidad. Además, como estudia psicología, pensó que eso también sería una ganancia, pues tenía la percepción de que “dentro de las Fuerzas Armadas la psicología es una de esas áreas que siempre están buscando” por los traumas que dejan los combates en quienes participan activamente en conflictos bélicos.
En el caso de Noé, conoció el programa ROTC durante una feria de universidades cuando estaba en cuarto año de escuela superior.
“Yo obtuve información, pues en las ferias siempre están. Aunque también están presentes en las escuelas, mayormente en las escuelas públicas”, comentó.
Entre enero de 2025 y febrero de 2026, reclutadores del ARMY y del programa ROTC participaron en al menos 21 eventos públicos, según surge de sus redes sociales. De esas actividades, ocho fueron en ferias universitarias y de empleo dirigidas a estudiantes de escuela superior, mientras que otras tres se realizaron en la Universidad Interamericana y en la Universidad Ana G. Méndez.
En eventos como estos, los reclutadores montan mesas informativas, reparten folletos y conversan con estudiantes que, a meses de graduarse, enfrentan decisiones que marcarán su trayectoria académica y laboral.
La Guardia Nacional de Puerto Rico indicó que las visitas y actividades de orientación predominan en escuelas públicas porque en la Isla hay menos instituciones privadas.
Según el ente militar, aunque en las ferias participan más planteles públicos, “eso no implica que sus estudiantes sean quienes más soliciten orientación”. “Hay quienes se detienen y los orientamos, y otros que pasan de largo”, expresó un portavoz.
“Cuando uno está en [el grado] 12 no necesariamente está tan seguro de lo que quiere. Uno ve a esta gente con los uniformes… es como tener una presencia que te inspira”, cuenta Noé.
Describe el acercamiento como una estrategia cuidadosamente articulada. “Se manifiestan como personas a las que les preocupa tu bienestar”, describe Noé. Hablan de honor, respeto y de “cuidar al que tienes al lado”.
“Esto es una comunidad, literalmente gente que se preocupa por mí, que me empuja a llegar a metas”, pensó Noé al conocer el programa.

Foto Facebook ARMY – Guardia Nacional
Ese sentido de comunidad también sedujo a Manuel, quien pidió que se le cite con un nombre ficticio. Completó el programa del ROTC en la UPR en Río Piedras en el año 2023, y luego de graduarse de bachillerato en la Universidad Interamericana, se unió a la Guardia Nacional.
“El ROTC es como un club atlético y yo quería pertenecer a un club…”, menciona, al tiempo que explica que sus primeros acercamientos con la propaganda de la milicia fueron en las redes sociales.
El interés versus lograr el reclutamiento
Ángel Cartagena es veterano de la Fuerza Aérea de Estados Unidos y fundador de un proyecto privado de orientación y preparación para aspirantes a las Fuerzas Armadas.
Explica que la mayoría de las personas que llegan a él son jóvenes entre los 18 y 25 años, aunque también atiende adultos mayores de 30 que buscan principalmente mejores condiciones económicas. Utiliza las redes sociales y el contenido digital, incluyendo un canal de YouTube, para ofrecer información sobre el funcionamiento de las fuerzas armadas. Su proyecto sirve como enlace con reclutadores y ofrece cursos de preparación para los exámenes requeridos.
Aclara que los interesados, preferiblemente, deben acudir primero a una oficina de reclutamiento para una pre-cualificación antes de invertir en cursos privados. “Una vez completada esa etapa, quienes deciden continuar reciben apoyo académico y orientación general hasta quedar listos para entrar al proceso formal”, subraya. “Esto es un embudo. Pueden llegar muchos, pero no necesariamente entra la mayoría”, destaca.

Captura de pantalla, video de promoción de Ángel Cartagena.
Su experiencia en la milicia comenzó en 2016, mientras estudiaba contabilidad en la UPR de Bayamón. Aunque no tenía interés inicial en la carrera militar, al ver a amistades que se inscribieron y encontraron estabilidad económica comenzó a explorar opciones. Pensó en el ARMY, pero ingresó en la Fuerza Aérea, donde estuvo seis años en servicio activo, y luego dos en la Guardia Nacional en Puerto Rico.
Describe a quienes se acercan para orientación como personas que buscan un cambio de vida, estabilidad económica y oportunidades que no encuentran en Puerto Rico. Muchos llegan sin preferencia clara por alguna rama y otros, como los reservistas, ven la milicia como un complemento a sus ingresos.
Cartagena identifica el dominio del inglés como el filtro más fuerte en el reclutamiento. Dice que recibe más de 100 mensajes diarios y maneja alrededor de 60 personas en cursos mensuales, pero no todos completan el proceso.
Decepción tras acoso sexual y discrimen
Una de las principales decepciones de Nagelys dentro del Ejército, y luego en el ROTC, fue el acoso sexual que dice que atravesó y que, aun cuando asegura haberlo denunciado, nadie hizo nada.
“Cualquier mujer que ha estado en la milicia te va a decir que en algún momento la han acosado”, afirma.

Foto por Víctor Rodríguez Velázquez | Centro de Periodismo Investigativo
La profesora de Educación Agrícola Judith Conde Pacheco, cofundadora de la Alianza de Mujeres Viequenses, indicó que, aunque la presencia de mujeres ha aumentado dentro de la estructura militar, eso no ha eliminado las dinámicas de violencia.
“Siguen siendo excluidas, acosadas, asediadas; siguen siendo víctimas de violencia”, planteó Conde, quien ha estudiado los efectos de las prácticas militares en la vida de las mujeres en Vieques.
A su juicio, las mujeres continúan siendo tratadas como ciudadanas de segunda clase dentro del cuerpo militar y obligadas a esforzarse el doble para sostenerse y ascender.

Foto Suministrada
Los casos de acoso sexual reportados por personas que pertenecen a las principales ramas de la milicia estadounidense aumentaron un 26% entre 2015 y 2024, según el Informe Anual del Departamento de Defensa sobre Agresión Sexual en las Fuerzas Armadas, presentado al Congreso en mayo de 2025.
El informe señala que el 75% de las denuncias registradas en el año fiscal 2024 correspondieron a mujeres, principalmente entre 20 y 24 años (42%).
“Hay que recordar que décadas atrás no había espacio para las mujeres en los cuerpos militares. Entonces, se ha abierto ese espacio. Eso no significa que son tratadas con las mismas condiciones dentro del contexto militar, aunque se les plantea como una oportunidad de que ellas participen, y es más difícil que puedan asumir liderato y les toca esforzarse y trabajar más”, destacó la profesora.
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Noé, por su parte, recuerda que, tras completar su primer año en el ROTC, participó de un campamento de verano en Kentucky, en Estados Unidos, que funciona como una versión comprimida del entrenamiento básico que reciben quienes ingresan al Ejército de manera directa.
Allí converge gente de Puerto Rico y de Estados Unidos. A los puertorriqueños, dijo, les prohibieron hablar español entre ellos, lo que para Noé fue “discriminatorio”. Además, sintió comentarios racistas de estudiantes estadounidenses que les pusieron sobrenombres que Noé hoy no quiere replicar.
Durante el campamento tuvo un accidente mientras hacían ejercicios militares en los que se dislocó una rodilla. “Me dolió un montón y a mí no asistieron con nada para verificar mi rodilla. Esta rodilla la tengo como que a veces me da achaques y es como: ‘wow, yo ni llegué a estar en el ARMY y terminé con achaques’”, criticó.
El ROTC no respondió a una solicitud de entrevista del CPI.
¿Para quién es la remilitarización?
Mientras el gobierno federal proyecta robustecer la infraestructura militar en Puerto Rico y asigna $325.9 en fondos mediante la Ley de Autorización de Defensa Nacional (NDAA), los datos analizados por el CPI apuntan a que cada vez son menos los puertorriqueños que usarían esas instalaciones renovadas, ante la merma sostenida en los reclutamientos que se observa en los últimos cinco años.
Según el presidente de la Junta de Planificación, Héctor Morales, los fondos recién asignados están dirigidos a fortalecer y modernizar espacios como el Fuerte Buchanan en Guaynabo, la Base Ramey en Aguadilla, el Campamento Santiago en Salinas y la Antigua Base Naval Roosevelt Roads en Ceiba, cuyos terrenos fueron transferidos al Gobierno de Puerto Rico tras la salida de la Marina de Estados Unidos en 2004.
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El acceso a la base en Ceiba no empieza en el portón principal. Comienza unos metros antes, en el estacionamiento que está justo al frente, al lado derecho de la carretera.
Una carpa militar tiene personal adentro y afuera. Son oficiales uniformados. A simple vista parece un punto de inspección. Pero nadie detiene a nadie, a menos que se dirijan hacia la carpa. Se trata de un área designada para el registro de contratistas del Gobierno, según consta en un letrero ubicado a orillas de la carretera.

Foto José Encarnación Martínez | Centro de Periodismo Investigativo.
En conferencia de prensa, Morales dijo que la Antigua Base Naval Roosevelt Roads atraviesa una fase de transformación. El lenguaje oficial habla de “reactivación de actividades estratégicas” y de proyectos de infraestructura clave que prometen reconfigurar la economía del este de Puerto Rico.
Sin embargo, para Conde, de la Alianza de Mujeres Viequenses, ese tipo de proyecciones deben leerse con cautela. Tras años estudiando el discurso sobre los supuestos beneficios económicos de las bases militares, sostiene que la experiencia histórica no respalda esas promesas. “Las bases son como unas burbujas. Son espacios diseñados para los militares”, explicó. A su juicio, gran parte de los servicios dentro de esas instalaciones son operados por contratistas privados y el dinero “entra por un lado y sale por otro” sin integrarse a la economía local.
Conde recordó que, en el caso de Vieques, apenas unos 35 viequenses trabajaban en la base, en una población de alrededor de 8,000 personas que había mientras estuvo allí la Marina. “No es verdad que hubo un un desarrollo económico por la presencia de una base militar”, afirmó. Lo que existía, dijo, era “una pequeña ciudad creada para los militares y sus familias”, cuya actividad económica no necesariamente beneficiaba a quienes residían alrededor.
Para Rossevelt Roads hay una asignación aproximada de $79 millones en fondos federales y otros $2.5 millones aprobados por la Junta de Control Fiscal para rehabilitar y actualizar la red eléctrica, así como culminar la reconstrucción del sistema de agua potable y sanitario, según Morales. La agencia proyectó que esa asignación de fondos tendría un impacto económico directo e indirecto de $145.7 millones y que allí se crearían cerca 968 empleos en el 2026, principalmente en la construcción.

Foto Suministrada
El portón principal de la base mantiene la apariencia de la rutina de los pasados años. Seguridad privada, ningún protocolo estricto de acceso. No se detienen vehículos. No se exige identificación. Se entra a la base como si fuera una entrada con vía libre.
Esa falta de sincronía entre la nueva carpa y la caseta oficial de la entrada es quizás lo más revelador del momento que vive Roosevelt Roads: un espacio que todavía no termina de decidir qué realmente es.
Para el historiador Paralitici, quienes se beneficiarán de inmediato de los fondos que se proyecta invertir allí serán las firmas de construcción que obtengan contratos con el Gobierno.
“Lamentablemente, los gobiernos del Partido Nuevo Progresista [PNP] y del Partido Popular Democrático [PPD], que tuvieron a su disposición esas tierras públicas, no supieron qué hacer con esas grandes extensiones de terreno que había allí, incluso con hospitales, escuelas y viviendas. Esa actitud administrativa, tanto del PNP como del PPD, ha llevado a que ahora se esté remilitarizando Ceiba”, opinó el académico.
Camino al aeropuerto en Roosevelt Roads, la atmósfera se endurece poco a poco. Ahora, en la carretera que conduce a las instalaciones, hay un punto de control definido. Ahí sí se detienen los vehículos. Dos oficiales militares hacen la señal. El intercambio inicial es en inglés. Ninguno habla español. Luego, llaman a un tercer oficial para que explique el protocolo en el idioma del país donde está parado.
El mensaje es claro y directo: no se puede grabar ni tomar fotografías en las inmediaciones del aeropuerto. Hay patrullaje constante, según el oficial. Si se detecta a alguien grabando o retratando el área, intervienen, dice. No es una sugerencia. No es una advertencia preventiva. Es una norma activa, vigente, aplicada. Pero no hay vehículos identificados. Todo eso ocurre sin llamar la atención.
La escena coincide con lo que ha documentado el CPI desde el año pasado: la reactivación paulatina de Roosevelt Roads como espacio estratégico, acuerdos operacionales, movimientos militares, ejercicios y restricciones.
Y aun así, todavía los vuelos comerciales desde ese aeropuerto continúan. No hay cierre de esas operaciones. Adentro, el personal describe una rutina con horarios que se ajustan dependiendo el flujo de visitantes por temporada, procedimientos conocidos, operaciones parecidas a las de siempre. Sobre el papel, ningún cambio extraordinario.
Pero en la práctica, el lugar se siente distinto. El aeropuerto está casi vacío. Muy pocos civiles. Apenas hay movimiento. El eco se escucha en los pasillos. Hay una sensación de espera, del tiempo suspendido, como si el lugar estuviera aguantando la respiración.
A mediados de febrero, representantes del Naval Facilities Engineering Systems Command presentaron en Ceiba un resumen de los trabajos ambientales realizados por la Marina de Guerra de Estados Unidos en terrenos de la Antigua Base Naval Roosevelt Roads, durante una reunión pública celebrada en el Club Cívico La Seyba.
En la actividad, que contó con menos de diez asistentes y donde no hubo representación del Municipio ni de agencias del Gobierno de Puerto Rico, se explicó que la misión ambiental de la Marina actualmente atiende los impactos ambientales históricos y que los programas de limpieza siguen su propio calendario, sin relación directa con el incremento de la presencia militar en Puerto Rico.
Desde el carro, al recorrer el estacionamiento, la presencia militar se vuelve imposible de ignorar. Aeronaves estacionadas y sobrevolando el área. Oficiales caminando. Patrullaje constante en vehículos SUV, la mayoría de la marca Kia. Aparecen una y otra vez. Entran. Salen. Se estacionan. Arrancan. Ese es el paisaje.
El movimiento en los comercios en la zona este empieza a ser más visible. En los gimnasios. En los puestos de comida. En los restaurantes pequeños. Militares vestidos de civil, y en grupos. No llaman la atención por la ropa, sino porque casi siempre andan “en corillo”. Consumen juntos. Se mueven juntos. Y afuera, las SUV Kia estacionadas cerca. Esa combinación no falla, ni en Ceiba, ni en Fajardo, ni en Luquillo.
El Gobierno de Jenniffer González estima que, como parte del proceso de reactivación, hacia mediados de 2026 se generarían 203 empleos ocupados por puertorriqueños, principalmente vinculados a servicios en comercios y negocios turísticos dentro y fuera del área de la base.



