jueves, enero 15, 2026
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Envejecer solos: el costo familiar de la migración puertorriqueña

Elías Carmona Alejandro nunca imaginó que la muerte le encontraría lejos de Puerto Rico. Pero enfermo de un cáncer en etapa terminal que afectó sus funciones cognitivas, el apasionado de la cultura puertorriqueña y de la música jíbara vivió sus últimos tres meses de vida en Chicago, donde murió en el 2024 a los 79 años.

Sus hijos, Sandra y Elías Carmona Rivera, de 50 y 52 años respectivamente, agradecen que debido a su condición de salud, su papá no se enteró de que lo habían trasladado a Chicago para su tratamiento médico. 

“Nunca supo que estaba fuera de su país. Si él hubiera estado consciente, hubiese querido morir en Puerto Rico. Hubiésemos querido que esa transición hubiese pasado en nuestra Isla”, manifiesta Sandra.

Como muchas familias puertorriqueñas contemporáneas, la red familiar inmediata de Carmona Alejandro estuvo marcada por la migración, concretamente durante los últimos 15 años de su vida.

Mientras Sandra permaneció en Puerto Rico y se estableció en Loíza, Elías es uno de los más de 700,000 puertorriqueños en edad laboral que se estima han migrado a Estados Unidos en las últimas dos décadas, según el Censo federal. Se instaló en Humboldt Park, el corazón de la comunidad puertorriqueña de Chicago y un importante enclave de la diáspora en Estados Unidos desde mediados del siglo pasado.

A la par de la pérdida de buena parte de su población en edad laboral, la proporción de adultos mayores en Puerto Rico ha crecido rápidamente durante ese periodo, aumentando de 13% en 2010 a 21% en 2019, según datos del Censo federal. Esta realidad ha creado una situación en la que casi el 70% de los hijos de adultos mayores están viviendo fuera del país, explica el demógrafo puertorriqueño Amílcar Matos Moreno, profesor e investigador posdoctoral del Center for Healthy Aging de la Universidad de Penn State. A su juicio, la combinación de migración acelerada con la falta de servicios accesibles y políticas públicas obsoletas deja a muchos adultos mayores solos o dependientes de un cuidado coordinado desde la diáspora, un fenómeno que redefine la vejez en la Isla.

“Si tienes tres hijos, se supone que dos de ellos estén fuera [viviendo en el exterior] y uno esté acá [en Puerto Rico]. Si tienes un hijo, la probabilidad de que esté fuera es mucho mayor a que esté acá. Si tienes dos hijos, uno o, tal vez, los dos puede ser que estén fuera”, indica Matos Moreno.

Los datos que menciona Matos Moreno forman parte del artículo académico “Kinship Structures for Left Behind Older Adults in High Outmigration Contexts: Evidence From Puerto Rico”, publicado en 2025 en The Gerontologist, revista académica sobre estudios de la vejez de la Gerontological Society of America y Oxford University Press. Aunque el texto sólo menciona a las hijas de adultos mayores, el especialista en demografía de la vejez aclaró que el equipo de académicos que trabajó en la investigación, que incluye al también puertorriqueño Alexis Santos Lozada, está en proceso de actualizar el modelo demográfico con el mismo resultado para los hijos de ambos sexos.

Según los datos de 2025 de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Puerto Rico ocupa el octavo lugar en la categoría de mayor envejecimiento poblacional, con 32.3%. Sólo está detrás de El Vaticano, Mónaco, el territorio británico de ultramar de Santa Helena, Japón, Martinica, Guadalupe e Italia.

Para Matos Moreno, estas cifras son alarmantes. Según el demógrafo, aunque la población de adultos mayores ha aumentado en todo el mundo debido a la disminución de las tasas de fecundidad y el aumento de la longevidad, en el caso de Puerto Rico se suma la migración acelerada. Esto ha transformado el cuidado de los adultos mayores que se quedan en la Isla y ha provocado cambios importantes en la dinámica familiar y en la red afectiva, de servicios y de recursos prácticos con la que cuentan, especialmente durante sus últimos años de vida.

Un adiós lejos de casa

En el 2023, poco después de la muerte de su esposa, Carmona Alejandro fue diagnosticado con uno de los síndromes mielodisplásicos, que son tipos de cáncer de lasangre y la médula ósea que pueden evolucionar a leucemia mieloide aguda. En ese momento, su hija era su cuidadora principal en Puerto Rico, mientras trabajaba a tiempo completo y cumplía con sus responsabilidades personales como madre de dos jóvenes.

Elías Carmona Rivera camina frente al centro de cuidado prolongado en Chicago que acogió a su padre en sus últimos meses, cuando el cáncer ya había afectado sus funciones cognitivas.
Foto por Vanesa Baerga | Centro de Periodismo Investigativo

A medida que la enfermedad avanzaba, la logística de los cuidados de Carmona Alejandro se volvía cada vez más complicada y costosa, por lo que Sandra y su hermano buscaron otras opciones. Exploraron los servicios del programa de ama de llaves del Municipio de San Juan y un centro de cuidado para adultos mayores, pero en el caso de esta última opción, los precios “no bajaban de $3,000 al mes”, contó Sandra. En el proceso, los días de enfermedad que ella había acumulado en el trabajo se agotaban y la búsqueda de opciones de cuidado para su padre seguía sin rendir frutos.

Desde Chicago, donde labora como gerente de experiencia del visitante en el Museo Nacional de Arte y Cultura Puertorriqueña, Elías le planteó a su hermana la posibilidad de trasladar a su padre a esta ciudad para continuar su tratamiento médico. Hicieron las gestiones y encontraron un centro de cuidado prolongado en la comunidad puertorriqueña de esta ciudad que aceptaba su cobertura de seguro médico del programa federal Medicare y estaba disponible para recibirlo en su delicado estado de salud. Además, en este centro —dirigido a adultos mayores hispanos en Chicago— el personal hablaba español, un detalle importante, pues Carmona Alejandro no hablaba inglés.

Foto de Elías Carmona Alejandro que su hijo conserva en su apartamento de Chicago.
Foto por Vanesa Baerga | Centro de Periodismo Investigativo

Carmona Alejandro llegó a Chicago el 13 de septiembre de 2024. Fue instalado en el centro de cuidado prolongado, donde ya le habían asignado una enfermera, un médico de cabecera y un oncólogo. El mismo centro de cuidado prolongado se encargaba de transportarlo a las citas médicas, a las que su hijo llegaba directamente. Este servicio médico fue una diferencia fundamental en la coordinación de la atención médica de Carmona Alejandro, pues su hijo en Chicago, a diferencia de su hija en Puerto Rico, no tenía que ausentarse a su empleo con frecuencia para cuidar a su padre.

“[En Puerto Rico] yo tenía que faltar a mi trabajo para buscarlo, llevarlo, esperarlo por cinco o seis horas en la cita médica y después esperar los referidos para que pudiera ir al oncólogo a hacerse el tratamiento”, dice Sandra.

A los hermanos Carmona Rivera les reconforta saber que, en su delicado estado de salud, su padre nunca supo que estaba en Chicago. Cuentan que, al llevarlo a almorzar a fondas dominicanas en Humboldt Park, donde sonaba el merengue y lo atendían con la cadencia del acento dominicano, creía estar en las calles de Santurce que recorrió toda su vida. 

El demógrafo puertorriqueño Amílcar Matos Moreno ha estudiado durante años el impacto de la migración en las familias puertorriqueñas con adultos mayores que requieren cuidado.
Foto por Vanesa Baerga | Centro de Periodismo Investigativo

Migración acelerada

Entre 2000 y 2020, Puerto Rico experimentó una reducción significativa de su población. De 3.8 millones de habitantes en el año 2000, la población se redujo a 3.2 millones en 2020, según datos del Censo.

Fue entre 2010 y 2020 cuando la migración hacia Estados Unidos se aceleró dramáticamente y Puerto Rico perdió el 11.8% de su población (cerca de 440,000 personas), según el Censo federal.

El Perfil del Migrante 2021-2022, un informe del Instituto de Estadísticas de Puerto Rico, estima que la mediana de edad de las personas que emigraron en esas dos décadas fue de 30 años. Esta emigración de adultos en edad laboral se atribuye, principalmente, al inicio de la crisis económica de la primera década del 2000, unida al impacto posterior de los huracanes Irma y María en 2017, según el artículo académico Migration is the Driving Force of Rapid Aging in Puerto Rico: A Research Brief” (2021), en el que también participaron Matos Moreno y Santos Lozada.

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El vacío que deja la distancia

La mayoría de los adultos mayores con hijos fuera de Puerto Rico, o que no están presentes en sus vidas, lo sienten como un duelo o una pérdida, coinciden Matos Moreno y la trabajadora social del Hogar Santa Teresa de Jornet en Cupey, María Arroyo Bermúdez. En algunos casos, dice Arroyo, estas ausencias afectan la capacidad cognitiva, la memoria y el estado de ánimo, e incluso pueden causar depresión, especialmente en padres de mayor edad.

De los 110 residentes del Hogar Santa Teresa de Jornet, Arroyo señala que hay alrededor de 10 adultos mayores cuyos hijos viven en el exterior, por lo que otro familiar o una persona designada responde legalmente por ellos. En estos casos, detalla Arroyo, la familia que se queda tiene que asumir la responsabilidad y, junto a la égida, desempeña un rol clave.

“Lo más importante es que la familia tenga un plan y organice un grupo de apoyo de amigos o familiares [para acompañar al adulto mayor]”, expresa la trabajadora social.

Arroyo señala que los adultos mayores con hijos o familiares en el exterior experimentan con mayor intensidad la falta de apoyo emocional y la soledad.

“Hay muchos viejitos que a veces esperan una llamada telefónica y no la reciben, o tal vez esperan una visita del hijo o de la hermana para cierta fecha, y luego no vienen”, indica la trabajadora social.

De acuerdo con Arroyo, la falta de acompañamiento para realizar diligencias o cumplir compromisos, como las citas médicas, es una preocupación y un factor que añade estrés a los adultos mayores que viven solos.

Aunque muchas familias mantienen la conexión y el apoyo emocional a través de llamadas telefónicas, videollamadas u otras aplicaciones o herramientas tecnológicas de comunicación, ese contacto no siempre se traduce en un respaldo práctico, detalla Matos Moreno. Además, añade que esto afecta la salud de los adultos mayores que, al perder sus redes de acompañamiento, enfrentan mayores dificultades para recibir servicios médicos o alimentación adecuada.

“Hablamos de ‘¿Me puedes llevar al colmado?’ o ‘¿Me puedes buscar la receta?’ o de todo este tipo de cosas que uno piensa que son mínimas, pero que para un adulto mayor con impedimento de movilidad o con algún tipo de pérdida cognitiva son prácticas importantes en las que la familia jugaba un rol clave”, afirma el investigador.

Apoyo familiar desde lejos

Para Ana Belaval, periodista puertorriqueña y presentadora de noticias de la cadena de televisión WGN-TV en Chicago, el 2025 fue un año particularmente difícil. Desde la distancia y durante sus viajes frecuentes a Puerto Rico, veía cómo la salud de sus padres se deterioraba. Su madre, Anaví, de 86 años, tiene párkinson y depende de una silla de ruedas. Su padre, Mario, de 87, recién comienza a mostrar cambios en las funciones cognitivas.

A partir del diagnóstico de párkinson de su madre en 2017, Belaval decidió que sus padres no viajaran más a Chicago y que sería ella quien los visitaría en San Juan, donde también reside su hermano. De esta forma, en caso de algún contratiempo de salud, sus padres estarían cerca de sus médicos.

La periodista puertorriqueña Ana Belaval, al centro, junto a sus padres Mario y Anaví. Belaval trabaja en un noticiero televisivo de un canal de Chicago, mientras sus padres viven en San Juan.
Foto suministrada

Por la avanzada edad de sus progenitores, Belaval optó por viajar a Puerto Rico cada tres meses para apoyar a su hermano, Mario, quien está a cargo de sus padres en el día a día.

Cuando no está en Puerto Rico, Belaval trata de mantenerse lo más conectada posible con sus progenitores mediante llamadas telefónicas.

“Lo más difícil ha sido que, por más que yo trate de ayudar, no estoy allá [en Puerto Rico]”, explica la periodista de 51 años.

Belaval entiende que hacerse cargo de sus padres “es lo que uno hace”, la responsabilidad que hay que asumir. Creció visitando a su abuela una vez a la semana y veía cómo su mamá cuidaba a todos los adultos mayores de su familia. Por ello, estar lejos de sus progenitores la hacía sentir culpable y se preguntaba cómo podía ayudar.

En un principio, trataba de mitigar esa culpa buscando artículos que podrían ser útiles para sus padres, como barandas para la cama o vasos con tapas, y los compraba en sitios de internet para que llegaran a Puerto Rico. Era una manera de sentir que apoyaba desde la distancia.

Hoy, Belaval está tranquila de que sus padres hayan permanecido en Puerto Rico, aunque uno de los retos que ha identificado al viajar a cuidarlos es la falta de médicos especialistas con espacios para citas.

Mientras tanto, sus padres prefieren quedarse en Puerto Rico, donde tienen sus médicos, a su otro hijo, sus amigos y su vida social.

“Mi mamá me dijo: ‘Si pierdo la cabeza y no sé dónde estoy, ahí sí me puedes llevar a Chicago’”, relata Belaval.

Dos hogares, una raíz

Ante la distancia y la falta de servicios de cuido accesibles, muchas familias puertorriqueñas se ven obligadas a hacer malabares para atender a sus mayores. En algunos casos, ese esfuerzo colectivo implica regresar a la Isla para cuidar o acompañar el regreso de los padres que deciden envejecer donde comenzaron sus vidas.

Este fue el caso de la familia Valderrama Ocasio, parte de la diáspora histórica puertorriqueña de Chicago, que se las ingenió para que su padre, Rafael Fernando Valderrama, fallecido el mes pasado a los 92 años, siempre estuviera acompañado de alguno de sus hijos.

Don Fernando, como lo conocían en su pueblo San Sebastián, llegó a Chicago en la década de 1950. Allí conoció a Gloria, con quien se casó y formó una familia, pero siempre mantuvo la ilusión de regresar a Puerto Rico. Cuando Gloria se jubiló de su trabajo en 1981, la pareja compró una casa en San Sebastián, cerca del barrio Buenos Aires, en el pueblo de Lares, donde ella creció. Eso marcó el inicio de una migración circular entre la llamada Ciudad de los Vientos y Puerto Rico.

Luego de que la esposa de don Fernando falleciera en 2012, la familia decidió honrar los deseos de su padre de vivir al menos la mitad del año en la casa de San Sebastián y la otra mitad en Chicago, donde residen seis de sus siete hijos, lo que requirió una gran coordinación de las agendas de todos.

A partir de su cumpleaños número 80, los hijos de don Fernando coordinaron un viaje anual —cada uno por separado— a San Sebastián para cuidar de su progenitor.

“No podíamos tenerlo trepándose en el techo, trabajando en la electricidad, así que empezamos esa coordinación de viajes”, expresa Adrián, el hijo menor, de 51 años.

Durante 12 años, cada enero, don Fernando viajó a Puerto Rico desde Chicago con una de sus hijas. Al mes siguiente, un hermano llegaba y otro se marchaba, una dinámica que se repetía hasta junio, cuando don Fernando regresaba a Chicago con una de sus hijas. Este plan familiar incluía reuniones por videollamada entre todos los hermanos para discutir nuevos enfoques de cuidado del patriarca de la familia.

“Íbamos [a San Sebastián] para disfrutar de mi papá, la tranquilidad, los antojitos por la mañana, la comida que comprábamos fuera o cocinábamos juntos… Compartimos sus gustos y sus programas de televisión”, menciona Nilda Valderrama, la hija mayor, de 69 años.

Para esta familia, cuidar de su papá en la casa que compró hace más de 40 años con la ilusión de reconectar con su Isla fue una misión colectiva.

“Mientras él pudo ir, si podíamos llevarlo, lo llevamos”, dice Amalia, de 68 años y la segunda hija del matrimonio Valderrama Ocasio.

Soledad y abandono

Sin embargo, no todos los adultos mayores cuentan con una red afectiva amplia y comprometida. Además de que la composición de las familias boricuas es cada vez más pequeña, Arroyo Bermúdez y Matos Moreno coinciden en que muchos adultos mayores se quedan solos porque sus hijos tienen que partir en busca de oportunidades laborales y de mayores ingresos que no pueden conseguir en Puerto Rico.

En el 2017, tras 10 años viviendo en Carolina del Norte, Carlos A. Rodríguez decidió regresar a Puerto Rico para trabajar en la reconstrucción de casas tras el paso del huracán María. Rodríguez es fundador de The Happy Givers, una entidad sin fines de lucro dedicada a servir a personas en situación de vulnerabilidad, ofreciendo alimentos, empleo, apoyo comunitario y programas de desarrollo sostenible. A través del trabajo con su fundación, Rodríguez se dio cuenta de que la mayoría de los casos que atendía no involucraban a familias ni a niños, sino a adultos mayores solos y en situación de precariedad.

“Cuando guías por la montaña, por las áreas rurales, por Morovis o por Utuado, ves lo que piensas que son casas abandonadas, pero dentro de esas casas hay adultos mayores viviendo”, señala.

Rodríguez describe la situación de los adultos mayores en Puerto Rico como “tétrica” y coincide con Arroyo en que los principales problemas que enfrentan son la soledad, la tristeza y el abandono. Incluso Rodríguez cuenta que ha tenido que costear los funerales de algunos de los ancianos a los que ha asistido “porque no hay más nadie en la familia que responda”.

Entre el 2017 y 2024, alrededor de 4,000 adultos mayores fueron abandonados en hospitales de Puerto Rico, según datos ofrecidos por el Departamento de la Familia en 2024.

Entre los casos que Rodríguez atiende regularmente, ya sea por medio de The Happy Givers o de La Cocina Social (iniciativa con la que proporciona comida saludable a adultos mayores varias veces a la semana), figuran personas cuyos hijos emigraron, pero también otros que, tras jubilarse, tenían la ilusión de regresar a Puerto Rico. Sin embargo, sostiene Rodríguez, muchos regresan solos, sin sus hijos, y ya no necesariamente cuentan con las redes afectivas que tenían en Puerto Rico décadas antes de marcharse.

“Obviamente, sienten un amor por Puerto Rico y quieren escuchar al coquí de noche y volver a los sitios donde comían alcapurrias, pero el sistema no funciona para ellos y regresan (a la Isla) a sufrir”, dice Rodríguez.

El Departamento de la Familia (DF) dijo reconocer los retos que enfrenta la población de adultos mayores, en particular el aislamiento y las dificultades para atender tareas básicas del día a día. En expresiones escritas enviadas por la portavoz de prensa de la agencia, Yolanda Rosaly Alfonso, el DF señaló que el cambio en la dinámica familiar requiere “una respuesta mucho más activa” del Estado, los municipios y las organizaciones comunitarias, aunque no se detalló en qué consistiría.

La entidad gubernamental dijo que la ausencia de un cuidador cercano afecta directamente la estabilidad y la seguridad del adulto mayor, y destacó entre los desafíos que enfrentan la escasez de “personas dispuestas a trabajar como amas de llaves, cuidadores o auxiliares en el hogar”, pues la demanda por estos servicios ha aumentado.

“No hay suficiente personal disponible o capacitado [para cumplir estos roles]”, alegó el DF.

Para el año fiscal 2025, la Junta de Supervisión Fiscal (JSF) autorizó $15 millones dirigidos a 64 municipios para el Programa de Ama de Llaves. Asimismo, para el año fiscal 2026, la JSF autorizó $199.4 millones para financiar servicios dirigidos a adultos mayores, que incluyen $18.1 millones asignados al Departamento de la Familia para servicios de ama de llaves y $15 millones asignados a los programas de los municipios para la operación del programa de ama de llaves en 60 municipios. Estos fondos están destinados a los municipios y al DF y sus programas.

Según la información compartida con el CPI, actualmente el DF ofrece el servicio de auxiliares en el hogar, también conocido como servicio de ama de llaves, a 1,533 adultos mayores que no tienen ningún otro apoyo. Según un reportaje periodístico, la Resolución Conjunta del Presupuesto 2024-2025 atendió a 314 adultos mayores. El Programa de Ama de Llaves brinda apoyo en alimentación, cuidado personal, labores domésticas y salud a personas elegibles.

“Trabajamos de la mano con los municipios, que tienen un rol crucial en visitas de bienestar, transporte a citas médicas y actividades de apoyo comunitario para adultos mayores que no tienen familiares en la isla”, sostuvo el DF y añadió que la colaboración ha sido fundamental para suplir la ausencia de redes familiares. 

Viviendas intergeneracionales y multifamiliares

Para atajar esta problemática, Matos Moreno indica que las estrategias de política pública del Gobierno deben orientarse a atender la situación precaria de los adultos mayores, a responder a la realidad familiar actual y a enfrentar la migración acelerada de personas en edad productiva. Entre los programas que destaca como opciones para reducir el sentimiento de desamparo en los adultos mayores está la convivencia de adultos mayores con estudiantes universitarios en viviendas intergeneracionales, un programa que se ha implementado en los Países Bajos, en Europa, y en residencias para adultos mayores en ciudades como Lyon (Francia) y Cleveland (Estados Unidos). En estos países y ciudades, por ejemplo, se creó un acuerdo colaborativo entre residencias para adultos mayores e instituciones universitarias para brindarse apoyo mutuo y proporcionar vivienda a los jóvenes, quienes, a su vez, hacen compañía y comparten con los adultos mayores.

“Es un tipo de servicio comunitario que incentiva al estudiante a estudiar y no tener el peso económico, mientras comparte con un adulto mayor y activa ese contacto social que todos necesitamos”, puntualiza Matos Moreno.

Otra opción que sugiere el académico para lidiar con esta problemática social son las viviendas multigeneracionales, que son hogares donde dos o más núcleos familiares de diferentes generaciones de una misma familia extendida comparten residencia, aunque generalmente mantienen cierta independencia. Un ejemplo de esto es cuando se habilita el segundo piso de una casa para que vivan los abuelos u otros familiares, y así ayudarse, hacerse compañía y compartir gastos. El demógrafo expone que esta opción puede ofrecer beneficios económicos, ya que divide los gastos, como agua y luz, o incluso pudieran compartir los gastos de la compra de la propiedad donde elijan residir, que también podría ser incentivada por el Gobierno.

“Es una inversión para que ese adulto mayor esté más saludable y no padezca tanto. No va a ser un costo adicional en servicios de Medicaid o de Reforma, sino que va a ser una persona funcional que va a estar más saludable. Hay que verlo como una inversión al futuro”, argumenta Matos Moreno.

Además, añade que este tipo de vivienda pudiera facilitar la convivencia de los adultos mayores con sus hijos y nietos, e incluso, en algunos casos, ayudar a los padres de mediana edad en el cuido de los nietos. Aunque estas estrategias no se han planteado a nivel gubernamental en Puerto Rico, fueron catalogadas por el Departamento de la Familia, a través de su portavoz, como “excelentes iniciativas”. La Secretaria de la Familia, Suzanne Roig Fuertes, no estuvo disponible para una entrevista y al Centro de Periodismo Investigativo se le impidió la entrada a una conferencia de prensa en la que estaría la funcionaria.

Esfuerzos insuficientes para frenar la migración acelerada

Según Matos Moreno, el único esfuerzo gubernamental de la última década “claramente dirigido a [lidiar con] la situación demográfica” del país ha sido elPlan de Reto Demográfico, un informe gubernamental publicado originalmente en 2011, que describe el envejecimiento de la población y los cambios demográficos proyectados. Según el artículo académico “Reflexión sobre el Plan de Reto Demográfico y su impacto en la política pública de Puerto Rico” del profesor de Economía Agrícola del Recinto Universitario de Mayagüez (RUM), Julio César Hernández Correa, este informe fue propuesto por un Comité de Reto Demográfico integrado por dependencias del Gobierno, la academia y la empresa privada.

Este organismo fue constituido tras la aprobación de la Ley de Reto Demográfico de 2010 para “generar un plan que tuviera el propósito de identificar y crear estrategias necesarias para atender estos cambios demográficos y las necesidades de los distintos grupos que constituyen la población”. Según el artículo, este informe tendría el objetivo de organizar las agencias del gobierno central de Puerto Rico en torno a todos los cambios demográficos que enfrenta el país.

Sin embargo, Matos Moreno advierte que es una iniciativa a la que “no se le ha dado seguimiento y se ha quedado como un informe más”. A través de este plan se hicieron unas recomendaciones sobre cómo las agencias gubernamentales podían atajar el reto demográfico de Puerto Rico, aunque nunca se ejecutó porque se descargó en las agencias la responsabilidad de definirlas y cumplirlas de forma independiente.

Entre las políticas públicas que el Gobierno ha implementado en los últimos años que pudieran mitigar el cambio demográfico acelerado, el profesor destaca la Ley de Incentivos Para la Retención y Retorno de Profesionales Médicos, las deducciones en las planillas de contribución sobre ingresos por cada hijo y el programa Vivienda Joven para que ciudadanos de 21 a 35 años que cumplan con ciertos requisitos accedan a financiamiento para la compra de una vivienda en Puerto Rico. Para el demógrafo, este programa podría ayudar a retener, o incluso aumentar, el número de jóvenes adultos que quieran regresar a Puerto Rico y comprar su propiedad.

Ahora bien, tanto los demógrafos Matos Moreno y Santos Lozada como el economista y profesor de la Universidad de Puerto Rico, José Caraballo Cueto, coinciden en que, hasta ahora, ninguno de estos incentivos ha solucionado el problema de la reducción poblacional acelerada de personas en edad productiva y el envejecimiento acelerado de la población. Lo atribuyen principalmente a que no ha habido métricas que midan su efectividad y tampoco ven un esfuerzo gubernamental para revertir los patrones demográficos de los últimos años.

“Las estrategias deben estar dirigidas a incentivar cambios demográficos. Cambiar los patrones de fecundidad y los patrones migratorios en un país no es fácil, pero sí es posible”, afirma Matos Moreno.

Para el demógrafo, el problema se atiende con servicios y políticas públicas que respondan a las necesidades de la población actual. Ante cambios demográficos profundos como los de las últimas dos décadas, añade, el gobierno debe prepararse para enfrentar los retos que los expertos han documentado y advertido.

“La política pública tiene que estar enfocada en el país que tenemos, no en el país que queríamos cuando se decía que íbamos a ser cuatro millones [de personas]. Hay tanta política pública que se podría hacer para poder tener las condiciones y poder incentivar a la gente a quedarse. Si nos enfocamos en los que están aquí [en Puerto Rico] y podemos proveer espacios dignos y una calidad de vida decente, los demás [los que se fueron] van a regresar. Esa es la discusión de la migración siempre”, sostiene Matos Moreno.

Este reportaje es posible gracias a una beca del Instituto de Formación Periodística del CPI.

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