Poe Dr. Christian Valentín
El ser humano tiene la peculiar destreza de engañarse a sí mismo, pero con la inteligencia suficiente para no percatarse de que está siendo engañado.
Es sentido común conocer que la isla de Puerto Rico descansa sobre placas que se mueven lentamente, pero nuestra mente colectiva se mueve aún más despacio. Sabemos — racionalmente — que los terremotos existen, que ocurrieron en 1918 y que regresaron en 2019–2020. Pero, sin embargo, actuamos como si las placas hubieran desaparecido con la llegada de la Pandemia por el Covid-19.
Este no es un problema geológico; es un problema epistemológico (en palabras simples, sobre cómo pensamos que pensamos).
El ser humano confunde frecuencia con imposibilidad. Por dicha razón, en las noticias no veremos un reportaje que exponga “Hoy reportamos cómo aquí en San Juan, Puerto Rico, aún no ha sucedido un terremoto”. Como el gran terremoto no ocurre todos los años, asumimos que muy posible nunca pasará. Es la lógica que Nassim Taleb expone en su libro El Cisne Negro. Taleb expone una analogía utilizando un pavo. El pavo es alimentado todos los días por un granjero, y, eventualmente, el pavo llega a la conclusión de que el granjero es benigno, y que actúa a su favor… hasta que llega el día de Acción de Gracias.
Puerto Rico es ese pavo.
Los gobiernos y las instituciones privadas ha construido escuelas, hospitales, carreteras y casas como si el riesgo sísmico fuera una idea improbable, y no una condición estructural de nuestra realidad en el Caribe. Cuando pasaron los térremotos del 2019, la mayoría se preocupaba si las escuelas de sus hijos tenían “columna larga o corta”. Hoy, en 2026, a nadie le parece importar la ingeniería de las escuelas.
Admiramos al que “vive sin miedo”, pero rara vez al que se prepara o reflexiona para lo que eventualmente va a suceder (lo pienses o no, lo manifiestes o no).
Después del huracán María fuimos resilientes.
Después de los terremotos logramos levantarnos.
Pero luego regresamos a la comodidad del presente.
Desde mi punto de vista, no es suficiente sobrevivir a los golpes; hay que volverse más fuerte por ellos. Sin embargo, Puerto Rico ha mostrado más resiliencia que antifragilidad: resistimos, pero no transformamos.
El terremoto que vendrá — porque vendrá — no será un Cisne Negro (ya que es un evento que científicamente se conoce que es probable). Será un recordatorio (una vez más) de que sabíamos que podía ocurrir, pero no optamos por actuar, (posiblemente porque no es propagado por los medios de comunicación).
La pregunta no es si temblará la tierra.
La pregunta es si actuaremos antes de que suceda.
En otras palabras, no vivimos en ignorancia del riesgo, sino en comodidad con él.




