Nada hacemos si no hacemos nada

En las pasadas semanas nuestra sociedad ha sido trastocada con actos violentos y muy lamentablemente contra mujeres. Hemos reaccionado con indignación pues estamos convencidos que no debe haber espacio para la violencia en ninguna modalidad. Ahora bien, nos deberíamos preguntar si al indignarnos hemos decidido ser proactivos, estableciendo un plan de acción, desde el centro de nuestros hogares y extendiéndolo a todos los entornos en donde se desarrolla nuestro diario vivir. Nada hacemos con indignarnos y dejar que todo siga igual. Nada hacemos si no nos encaminamos a un proyecto de paz, respeto e igualdad. Acciones concretas que hagan valer la dignidad de todo ser humano, sin importar quien sea, donde viva y cual sea su nivel socioeconómico.
Nos quebrantan las muertes de Andrea y de Keishla y otras tantas que no se mencionan y han sido olvidadas. Ahora bien, ¿hasta cuándo nos indignaremos?, ¿hasta cuándo durará el recuerdo en nuestras mentes?, ¿volveremos a la rutina sin hacer nada relevante que mueva las fibras, actitudes y conciencia de nuestra sociedad? Son preguntas que debemos mirar y responder con suma responsabilidad. En nuestra vida debe haber una transformación para entonces intentar llevar al resto de la sociedad a una reflexión y cambio de acciones. Debemos comenzar en nuestra familia llamando y mirando a los ojos a todos por igual y tener la apertura de escuchar las opiniones diferentes y reconocer cuando estamos equivocados. Hay un reto de levantar la bandera del respeto en nuestras instituciones, llámese agencia del gobierno, institución privada, Iglesia o cual sea el campo donde nos movemos como profesionales.
Estos indignantes actos que ocasionaron la muerte a estas mujeres jóvenes nos llevan a recordar que la violencia se manifiesta de diferentes maneras y que siempre parten de la premisa del poder. Ese poder que nos fue conferido, que nos lo ganamos o que pensamos tener, debe ser mirado y utilizado con el mayor grado de sensibilidad, respeto y empatía frente a ese prójimo con el cual nos toca interactuar diariamente.
La vida nos brinda grandes oportunidades para crecer, proyectar el valor de este existir y hacer justicia en cualquier escenario donde nos encontremos. La pregunta es: ¿aprovechamos esas oportunidades para hacer valer la vida de todos o nos encaminamos con la intención de crecer nosotros mismos y alcanzar nuestros sueños sin importar el precio? Muchas veces en alguna manera, nos lanzamos con acciones violentas abiertas o sutiles para demostrar que somos los dueños del poder y el resto del mundo está bajo nuestros pies.
Señales de violencia o que pueden llegar a la violencia son la insensibilidad y la apatía. Me interesa solo mi proyecto, mi sueño, el sentirme bien, el ser el foco de atención. Estas señales se hacen ver en la familia, en la comunidad, en mi lugar de trabajo, en la Iglesia y en todos los lugares posibles. Se ha hecho una equivocada promoción centrada en el egocentrismo y eso nos ha ido llevando a una sociedad con incontables acciones y actitudes violentas. Todo el mundo se equivoca menos yo, todo el mundo falla, pero yo no. Una percepción falsa, fuera de la realidad, pues todos tenemos fortalezas y debilidades, acciones certeras y otras en las cuales nos equivocamos.
Cuan lamentable ver que se hacen ver señales de violencia en los deportes, en las relaciones humanas, en la política, en lo concerniente a la religión. No sabemos ser fanáticos o practicantes de algún deporte sin levantar la bandera de enemistad. No hemos aprendido a relacionarnos con otras personas sin antes ver cuan superiores somos nosotros de esa o esas personas. No logramos sentarnos a dialogar con personas de otras ideologías políticas sin señalar lo malo de ese otro pensamiento. No tenemos la apertura para relacionarnos con personas que practican otra fe, porque nos parece que si lo hacemos nos ponemos en riesgo ante personas que consideramos inferiores a nuestros postulados.
Realmente este tiempo debe ser utilizado con gran y buena intención para comenzar a vivir la transformación nosotros mismos. Hoy debemos sembrar en nuestra familia la semilla de la paz, el amor y el respeto. El HOY nos invita a promulgar con firmeza la defensa de nuestros derechos, pero sin que eso signifique que buscaré aplastar y callar a quien no está en mi grupo o se mueve en otra dirección o visión. Hombres distinguidos como el Rdo. Martin Lutherking fueron atalayas de las más grandes defensas de derechos humanos y sus triunfos fueron alcanzados de manera pacífica y con una ausencia total de violencia. Frente a esa realidad histórica, el presente nos reta a poner las manos en el arado para remover el terreno y movernos a una nueva generación. Esta es la oportunidad de unirnos y validar nuestros discursos, pues nada hacemos si no hacemos nada.

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