La ética del predador

Claudio Rau Cruz – Escritor

En la política de la delincuencia y el oportunismo depredador, se conjuga el individualismo del canalla y la carroña de los políticos de carrera. También en la vida privada, del mundo consuetudinario, están los acérrimos defensores del yo y su omnipotencia.
Personajes como Donald John Trump, Jair Messias Bolsonaro, presidente de Brasil, y el célebre gobernador de un fin de semana; el cándido exabogado de la Junta de Saqueo Fiscal, Pedro Rafael Pierluisi Urrutia, cumplen con ese modelo de comportamiento. Quizás haya que leer a la filósofa española Adela Cortina cuando dice: “Existe una dimensión ética en el ser humano, a la que ninguno puede renunciar” Será posible este postulado en nuestra sociedad y en el manchado mundo de la política colonial. El cálculo pecuniario y la gansería parecen ser el norte de la conducta social.
El robo descarado de los bienes públicos y la desfachatez de los implicados se ha vuelto una norma, dan la impresión de que justifican la audacia de su felonía. El orden del colonialismo distorsiona e insensibiliza la conducta del ser humano. No puede haber evolución moral, de la conciencia social, dentro del neoliberalismo egoísta y depredador.
Es un sistema que no propende a la salvación de la humanidad, ni a la búsqueda del equilibrio entre el bien común y los espacios privados. Lo que prima es el “yoísmo” de la arrogancia.
En estos tiempos de necesaria salubridad de cuerpo y alma, el desenfreno de los goces individuales va por encima de la prudencia y la empatía comunitaria. Tenemos que rescatar la palabra confraternidad, que estuvo en los postulados de la Revolución Francesa. El culto al individuo la ha sepultado.
La conjura para el robo y la indiferencia, de algunos poderes mediáticos, enriquecen las carteras y los egos de las cofradías de los dos partidos principales.
La memoria colectiva tiene que ser un factor de discernimiento y rigurosidad ética en el próximo evento electoral. No se puede premiar a quien no valora la dignidad de un pueblo, a quien corrompe las esperanzas de los menos privilegiados. Una “estética política” de ruptura será urgente y necesaria en esta hora de difícil hermandad.

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