Más salada la venta en Semana Santa

Por Gladys Guerra Arcelay

Para los pescadores de Cabo Rojo, el lunes de la llamada Semana Mayor comienza como otro lunes cualquiera. Se levantan temprano y van a la marina de Puerto Real a rentar su bote para salir a las 6:00 a pescar con arpón lo que pueda encontrar ese día. Rezan por poder llegar con mucha carga y por que no se encuentren con “samas”, porque esas, están en época de veda.
Ya a las 11:00, regresan con las cajas de langostas y currucho, porque eso es lo que mejor paga. Claro, lo que mejor paga para ellos, que son siete dólares la libra. Porque, aunque no se quisieron identificar, dejaron muy claro que, la demanda de pescados y mariscos aumenta en este periodo, la paga a los pescadores se queda igual. Por más langosta que lleven, les siguen pagando la misma tarifa.
Distinto pasa con los consumidores que obtienen la carga fresca, pero no directamente de un pescador, sino de un intermediario que puede ser la villa pesquera o de una pescadería privada. Allí es que se aumenta el precio y es el consumidor el que paga ya sea para cocinarlo el mismo o para consumirlo en un restaurante donde el precio del producto sigue en aumento, mientras la paga de los pescadores continúa estática. Pero ellos están acostumbrados, sus vidas de más de muchos años dedicados a la pesca y el deber para con sus familias, los obligan a mantener la misma rutina de lunes a viernes.
“Hay que hacerlo, porque hay que hacerlo”, dice uno de ellos con una sonrisa sombría. También explicaron que el problema de conseguir mercancía o no, no depende de ellos, pues conocen los sitios donde saben que van a encontrar el pescado que buscan. Lo que les hace la vida más difícil, son los procesos burocráticos que les impone el Departamento de Agricultura. Les exige tener el permiso de pesca y tener un bote específico que sea para pescar y no para pasear, lo que les limita su ingreso.
En el caso de algunos, su vida se ha visto más afectada desde el paso del huracán María. Y es que sus botes, que tanto cuidan, quedaron destrozados por la tormenta. Para poder seguir trabajando, tienen que pagar alquiler en alguna de las marinas de Cabo Rojo y pagar por el bote. Para poder salir, no debe dejar ni una sola deuda con estas personas porque entonces no puede salir a la mar y se quedarían sin lo poco que ganan a diario.
Le perjudica también, que para el área de Cabo Rojo, donde ha pescado toda la vida, la villa pesquera haya sido convertida en una especie de negocio privado sin que el Departamento de Agricultura haya hecho nada por solucionar la situación. Sin lugar a duda, si la villa estuviera abierta, como pasa en otros municipios, él podría vender directamente su mercancía a los consumidores y poder regatear un precio justo, no solo por el pescado, sino también por su trabajo y esfuerzo.

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