Laila, doble guerrera

Por Viviana Tirado Mercado | Twitter: @VTiradoM

Sucedió el pasado 7 de agosto –pudo ocurrir cualquier otro día– Wanda Rivera (madre y maestra de profesión) despertó a Laila I. Marrero Rivera, la preparó, la sentó en la silla de ruedas y la llevó hasta la sala. Esa mañana –al igual que muchas otras– hicieron sus quehaceres. Son madre e hija, y además, son guerreras en un mismo combate.


Las piernas frágiles de Laila fueron hechas para lanzar patadas, apuntar hacia el cielo o –visto de otra manera– lo más alto. Desde chiquita, a los tres años, comenzó a extender sus piernas como diciéndole al mundo que ni siquiera su condición de distrofia muscular del anillo óseo la iba a detener para alcanzar medallas de oro –y desarrollar el máximo de sus destrezas en el karate.


“Después que di a luz, tuve una serie de complicaciones [de salud]. Me hicieron pruebas. Yo tengo distrofia muscular. Ella la heredó de mí y yo no sabía que yo tenía distrofia muscular. En las pruebas que se le hicieron a Laila, se detectó que heredó la condición”, contó Rivera mientras recordaba que Laila fue diagnosticada en el 2009. A los cuatro años.
Laila se mueve. De a poco y despacito. Sus movimientos son suaves. Asiste a la Asociación de Distrofia Muscular en Puerto Rico cada seis meses. A diario, además de sus clases, la niña de 12 años va a sus clases de karate en Black Belt Fitness Center en Hatillo. Allí comenzó a amar el deporte. “Literalmente, ahí es mi terapia física. Si no, estuviese en silla de ruedas desde chiquita”, dijo la niña, quien aspira a convertirse en científica neuromuscular.


Allí aprendió técnicas de cómo realizar movimientos fuertes. Extremos. Junto al centro de karate, ha obtenido tres medallas de oro. La última, la colgó en su cuello el pasado mes de julio. Ganó el primer lugar en Competencia Mundial Tang Soo Do.
 “La primera vez que compitió lloré por emoción de verla competir y ver el fuerzo mayor que hacía en comparación con otros competidores”, rememoró Wanda, con lágrimas en los ojos.


En estos momentos, Laila asiste a las competencias, pero ahora lo hace desde su silla de ruedas. Esto no impide que siga trayendo medallas a su casa, aunque sabe que lo importante es disfrutar el momento en el combate; lo dice, sonríe, lo goza. Así también se lo enseñó su madre.
Wanda optó por dedicarse a tiempo completo a su familia. Cada día, luego de las tres de la tarde, el tiempo lleva el nombre de Laila, pero antes de partir –cada mañana– en una mirada íntima, existe una inyección de energía recíproca entre ambas. Las necesarias para batallar en el mismo combate.

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