Crónica gubernamental

Por: Claudio Raul

Estoy en el edificio de la Lotería de Puerto Rico, allá en la calle Chardón, la que le gusta mencionar a Ignacio Rivera, el moderador de Fuego Cruzado. Un ex-agente de la CIA, una pieza fundamental en esta nueva configuración política de Puerto Rico. Hay algo que no me cuadra y no me cuadra menos cuando van independentista radicales y moderados. El foro de la izquierda es ese programa. No te huele a algo malo en Dinamarca? El circunspecto Juan Mari Bras dijo una vez que el que haya sido agente de la CIA nunca deja de serlo. Vuelvo a la anécdota. Entro al edificio, naturalmente por el invento, quién inventó el elevador? Estoy acompañado por mi consorte, mujer comedida en la calle, pero en la casa es la leona de la Metro Golden Mayer. Me presento con el rigor que se exige. Dígame caballero, en que puedo servirle. La miro y le explico. Hay que consultar, se da la espalda y yo con la esquina del ojo derecho miro ese nalgaje, pero comulgo, en una actitud de monje tibetano. La imposible está en la sala de espera, con esas miradas aceitosas que tienen las mujeres cuando se dicen: te atrapé ca….ballero. Le sonrío y en ese momento me llaman a pasar. Siempre con el mismo rigor llego hasta un escritorio desabrido, digno de un funcionario de cuarta fila. Carraspea, se excusa y me dice, anja. Ese anja es una mezcla de la letra ene y la jota. Le contesto si, si, pues estoy aquí porque quiero obtener una licencia para vender billetes de la Lotería de Puerto Rico. Tú también, me dice con una sonrisilla. Le faltó lo de Brutus. Estoy ajeno a la sorna. Saca la papelería, la lleno y firmo sin leer las letras chiquitas; y antes de levantar la vista me dice: esto es complicado, no le garantizo nada. Ahí pongo cara de tornillo pelao, sin rosca. Me dice, estrechándose en el respaldar de la butaca, con aire de tecnócrata inoficiosa, tiene que ir al cubículo de al lado. Me dejo caer, como decía un conocido del barrio. Estoy de cuerpo presente ante una dama que chequea unos caracoles y residuos del mar. Me dice, sin levantar la mirada, anja, diga. Yo, como un niño de jardín de párvulos le digo: su compañero de trabajo me dijo que pasara por aquí. Sigue hilando semillas, caracolillos, pedazos de vida submarina y me contesta, desde ese mundo salitroso de su alma: pase por aquí. Le explico y me dice: conozco su caso. Va a un lugar impreciso y me trae una tarjeta con mi foto, mi nombre de pila y el título de Agente de la Lotería de Puerto Rico. Salgo, radiante, con una felicidad inviable y le digo a la imponderable: viste que fácil, y ella me contesta dentro de su naturaleza cándida y atroz; pero Claudio es que tú eres un hombre bueno.

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